That’s All, Folks!

Escribe Oscar García
¿Escuchas a Belle and Sebastian porque te sientes miserable? ¿O te sientes miserable porque escuchas al nuevo Belle and Sebastian?
“Belle and Sebastian ha muerto”. Desde la salida de Dear Catastrophe Waitress no he dejado de oír esa sentencia de boca de todo el mundo, incluso de las mismas personas que hace unos años me presentaran con la mayor buena fe del mundo y en afán decididamente evangelizador a este imprescindible grupo escocés de pop independiente. No pretendo negarlo. El grupo ha dado un vuelco (no seamos exagerados: ¿de 90 grados, quizá?) que sin duda ha resentido a la facción más recalcitrante de su base de fans. Pero antes que apurar un luto prematuro, había que darle una oportunidad a lo que proponían. Así lo hice, y confieso que desde entonces he quedado mortalmente enganchado a él. Sin embargo las cosas no fueron tan felices desde el inicio.
Y es que después de habernos mantenido en vilo durante meses con la ansiada edición de un nuevo disco (descontando, por supuesto Storytelling, su irregular pasatiempo para el cineasta indie Todd Solondz), las expectativas que se habían formado en mi golpeado corazón eran enormes. Sin embargo, y como quizá te pasó a ti, cuando lo escuché por primera vez, lo odié, y lo odié a la segunda, y lo volví a odiar tantas veces más. ¿Era eso que salía de mis parlantes Belle and Sebastian? ¿Qué pasó con Dylan, Donovan y la inveterada simiente folk? ¿Dónde estaba el gusto que profesaban antaño por la cotidiana simplicidad? ¿Qué fue de esa lánguida mirada a la inmortal canción francesa, a Drake y a la melancolía?
De acuerdo, la banda del siempre esquivo Stuart Murdoch hacía mucho tiempo que se había liberado del pastoral clima que se respiraba en sus tres primeros discos y epés. No obstante, este cambio demasiado audible, demasiado opulento (no se me ocurre un término musical equivalente para describirlo, pero si hubiese que echar mano de la jerga dramática, la palabra sería definitivamente “chirriante y sobreactuado”), tenía un cierto tufillo de arrogancia inédito en un grupo pop de perfil razonablemente bajo. Ese definitivamente no era el Belle and Sebastian con el cual muchos sostuvimos un romance a primera oída. Al menos no era el que yo conocí. Vaya decepción.
Arroz Amargo
¿Cómo es que terminas adorando un disco que comienzas odiando? Francamente, muchachos, no tengo idea. La explicación en este caso no radica en el síndrome de la repetición que aplican las radiofórmulas y que reza algo así como: “Toda canción repetida un grosero número de veces será un hit”. Ya sea la balada más sosa del mundo, los cuentos de la cripta o los gruñidos de un chancho degollado pasados al revés, la repetición es uno de los mecanismos más fáciles que usa la radio para crear recordación y familiaridad. Y los seres humanos, ya sabemos, se sienten cómodos con lo que les es familiar.
Por entonces yo no escuché tantas veces este disco de Belle and Sebastian precisamente porque tenía miedo de que me suceda eso. Que acabara gustándome por aburrimiento, por costumbre, antes que por verdadero aprecio a las canciones. Que cayera en la trampa del fan que jura que su banda favorita jamás sacó un disco malo. Claro, si escuchas un disco de Creed o The Mars Volta determinado número de veces inevitablemente le encontrarás algún valor. La típica “bueno, pero mira ese redoble de batería está paja”, “ese melotrón en el minuto tanto está bien colocado”, “¿qué marca de cuerdas de bajo usará fulanito?”. Todas trampas para defender lo indefendible. Antes de llegar a esa fase tan lamentable de autoengaño preferí abandonar el disco y consolarme con caramelos, accuradio.com y un poco de alcohol en nombre de los amigos perdidos.
Y entonces comienzas a racionalizar. Todo cambia. La gente cambia. Tus amigos cambian. Tu chica cambia (y, de paso, te deja). ¿Acaso será porque tú no cambias? Piensas en los Beach Boys época Love You, otro genial álbum “sobreactuado” que comenzó dejándote en el desconcierto y que se convirtió luego en parte indispensable de tu vida. Piensas en el fascinante Sgt. Pepper de los Beatles, acaso el primer gran sobreactuado en la historia del pop, que es además y con toda justicia un fetiche cultural imprescindible. ¿Por qué no podría suceder eso con Belle and Sebastian? Lo coges de nuevo, lo echas a girar en el tocadiscos y, oh maravilla, coros de ángeles, el milagro sucede. No es el Sgt. Pepper ni mucho menos. Pero sientes que finalmente has encontrado la esquiva llave mágica que te abre la puerta a Dear Catastrophe Waitress. Y te gusta lo que sale de ella.
No Lo Esperaba De Mí
Arranca “Step into My Office, Baby” y no puedes dejar de reir con esa producción de cajita musical, bien Swinging London, bien Austin Powers. Te ríes porque el viejo productor Trevor Horn (el mismo de Yes, Frankie Goes to Hollywood y TaTu, quien se ofreció a producirlos de un modo tan apasionado e insistente –dicen que su hija era fan de la banda– que no supieron decirle que no) ha cincelado de manera magistral la primera estocada en este asesinato al viejo Belle and Sebastian que todos conocíamos, con total complicidad de éstos. Te ríes porque sabes que pese a su aparente simplicidad y jocoso relato es de lejos lo más enrevesado y complejo en cuanto a forma que les has escuchado, usando la orquesta de un modo definitivamente desbordado, con más cambios de ritmo por compás que, digamos, “Good Vibrations”, un intermedio que remeda la música sacra y con más falsos finales que El Retorno del Rey. Y todo asombrosamente comprimido en poco más de cuatro minutos.
Similar condición emana del tema título, una canción que comienza como uno de sus estándares folkie y que de inmediato se convierte en una divertida y vertiginosa carrera contra el metrónomo, que incluye además una preciosa letra, una demencial orquesta literalmente fuera de sí, colándose al menor atisbo de silencio. Y es que se nota que antes que servir de fondo a las canciones como antaño, los vientos y las cuerdas son los encargados de construir un barroco edificio donde los instrumentos convencionales de rock pasan por momentos a hacer mera comparsa.

La hipótesis de la sobreactuación se confirma con la llegada de “If She Wants Me”, el tercer track. Esto es sin duda Belle and Sebastian en una magistral caracterización, imitando sonido por sonido el exultante soul de la Motown con unos resultados simplemente sublimes. Con seguridad debe ser la canción favorita de Stevie Jackson, el guitarrista del grupo y fan terminal de los Temptations. Por cierto qué canción para más encantadora. Hasta se le perdona a Murdoch el disfuerzo vocal (otra vez la sobreactuación) de un falsete que, pese a ser una convención casi obligatoria del género, puede llegar a cansar por momentos.
Podríamos seguir enumerando la cantidad de veces que la parodia soul se erige como el sentimiento dominante de casi todos los surcos. Como los Beatles en Rubber Soul, B&S ha echado una similar mirada –mitad admiración, mitad burla– a la música negra de los sesenta con la que habían coqueteado en su exitoso EP Legal Man. Pasión por el soul que es desafiada en contadas excepciones como en “Piazza, New York Catcher”, dedicada a la estrella de los Mets y que parece una parodia al viejo B&S folkie era If You`re Feeling Sinister pero en clave de comedia, en la bellísima “Lord Anthony” o en la cautivante “If You Find Yourself Caught in Love” (¡qué condenada melodía!!!), quizá lo más próximo al Belle and Sebastian “clásico”, o la adictiva excentricidad new wave que cierra el disco (“Stay Loose”, acaso una revisión de lo hecho por Television, formidables new wavers de los cuales Murdoch es fan irredento) y que, paradójicamente, abre un nuevo mundo de expectativas para un próximo trabajo de los escoceses.
Mil Ventanas Abiertas
“I’d rather be in Tokyo / I’d rather listen to Thin Lizzy-oh / And watch the Sunday gang in Harajuku / There’s something wrong with me, I’m a cuckoo”. Además de la divertida e imposible rima entre los Thin Lizzy y Tokyo, hay algo igual de inefable y encantador en este coro que convierte a “I’m a Cuckoo” en uno de los momentos estelares del disco. Y es que creo que acá se demuestra, y por si a alguno le queda la duda, que Stuart Murdoch es, tras seis discos y un puñado de imprescindibles epés, un maestro del pop. Capaz de suscitar inolvidables melodías como ésta, que taladran tu cerebro para instalarse directamente en el mismo hipotálamo, capaz de provocar emociones que se quedan zumbando en tu pecho, como un arrullo, entrada la noche.
¿Qué ha perdido Belle and Sebastian en el camino? Difícil precisarlo. Sin duda alguna, la banda ya no es la misma que firmó con tempranera magia un disco como Tigermilk, que fraguó bajo el indudable signo del genio artístico un disco tan sobrio y perfecto como If You’re Feeling Sinister, que arrojó en un alarde de creatividad inédito en sus pares escoceses esos imborrables epés del 97. Definitivamente este Belle and Sebastian se parece más a los británicos cosmopolitas que hicieron Legal Man y luego Jonathan David, sin duda los dos grandes precedentes de este trabajo. Esos que en 1999 le arrebataron un Brit Award a Steps, la boy band inglesa del momento, en una batalla que parecía imposible contra la industria del aburrimiento. Cómo podrían unos sujetos que ya deben estar hartos del pequeño culto mundial que se ha formado en torno a su nombre sonar igual de inocentes que en sus primeros trabajos. Cómo podría Murdoch ser el mismo tras la ruptura y posterior dimisión de su ex pareja, la cellista Isobel Campbell, a quien parece dedicarle algunas sibilinas frases desperdigadas a lo largo de los doce surcos del disco.
Belle and Sebastian ha perdido inocencia. Eso es irrebatible. No obstante sus marcas de autor siguen intactas: el irreprochable gancho pop. La filia sesentera. La melodía diáfana. El pop de cámara. Su pasión por la literatura y sus personajes solitarios. La ambigüedad sexual. La impudicia de la pubertad. La alienación del trabajo. El azar y el caos. La paradoja de la religión. La crueldad de la niñez. El desconcierto por una utopía perdida. Si todo eso que amamos de Belle and Sebastian sigue presente –y con fuerza– en su último disco, ¿por qué rayos le seguimos encontrando reparos?, ¿por qué lo hemos recibido con tanta desconfianza?
Aventuro muchas respuestas, todas legítimas por lo demás, salvo esa horrorosa de “Pucha, se han pacharaqueado, ahora suenan en la radio”, que sólo disimula un desprecio por el resto de seres humanos, sólo atribuible a una sensibilidad snob, reprochable bajo cualquier punto de vista. Lo cierto es que los cambios no son ni tienen por qué ser siempre bien aceptados. Supongo que tu historia personal estará tan llena de casos como el mío de bandas que simplemente te dejan de gustar, ya sea por hastío de fórmula, por “flagrante traición” a su esencia, o bien porque descubres algo más que llama tu atención. Todas esas ideas se cruzaron por mi cabeza la primera vez que escuché Dear Catastrophe Waitress. Y todas ellas se disiparon semanas después cuando experimenté esa extraña epifanía que me obliga, en estos momentos, a redactar este extenso cúmulo de palabras a manera de mea culpa conmigo mismo. Innecesario, es cierto, pero que al menos sirve para reconciliarme con los amigos que creí perdidos.
DISCOGRAFIA

Tigermilk
1996
Stuart Murdoch y Stuart David, los cerebros detrás de los primeros B&S, han confesado que pensaban disolver al grupo tras la grabación de su primer disco. No es que el resultado no les haya gustado. Sólo que no pensaban que estaban realmente en una banda de verdad. Es decir, con ambiciones de futuro. Fue recién ante los buenos comentarios de aquellos que quedaban hechizados con su fulgurante pop de raíces folkie que decidieron plantearse las cosas más en serio. Grabado en tres días y con un tiraje de apenas mil copias en vinilo, el disco se agotó rápidamente, gracias también al apoyo de Mark Radcliffe de la Radio 1 de BBC quien de inmediato los llamó para hacer un par de sesiones en su célebre programa. Recién en 1999 fue editado en formato digital.
Imperdibles: “The State I Am In”, “She´s Losing It”, “I Could Be Dreaming”, “We Rule the School”, “Electronic Renaissance”.

If You’re Feeling Sinister
1996
Ese mismo año los escoceses consiguen firmar para Jeepster Records. Fruto de ese, a la sazón prolongado, romance con el sello independiente nace If You’re Feeling Sinister, un puñado de canciones semi-acústicas, desoladoras y esperanzadoras en la justa medida, como para evitar el desborde anímico y la complacencia miserabilista. Y sin embargo no es un disco tacaño o reservado. Es una maravilla escrita con el pulso y la soltura propia de un consumado esteta de la contradicción humana –Murdoch aún gozaba del monopolio creativo– rebosante de expresividad y profundamente humano. Un disco diurno, en clave baja, que fascina tanto en sus lados más descarnados como en esos irresistibles ganchos pop. Marca el debut de la violinista Sarah Martin como fichaje de peso. Irrefutablemente, su mejor trabajo hasta el momento.
Imperdibles: Como no puedo poner todas escojo cinco: “Get Me Away from Here I’m Dying”, “Seeing Other People”, “Like Dylan in the Movies”, “Fox in the Snow”, “Me and The Major”.

The Boy with the Arab Strap
1998
Sin duda, su disco más pop, fresco y accesible (un pequeño suceso de ventas que les reportó dos años después su primer disco de oro). Las asperezas folk y los flirteos con Simon & Garfunkel y Nick Drake se pulen sin que esto resienta la calidez de las canciones. Se empieza a abandonar la sobriedad del pop de cámara (cello y violín) por la explosión de timbres del pop orquestal. Cosmopolitismo de lujo: la canción italiana, francesa y algo de bossa nova son los radiantes nuevos colores de su paleta. El disco marca también la democratización del proceso compositivo, otrora terreno exclusivo de Murdoch. El bajista Stuart David, la cellista Isobel Campbell y el guitarrista Stevie Jackson hacen sus aportes con disímiles resultados.
Imperdibles: “The Boy With the Arab Strap”, “Dirty Dream Number Two”, “Sleep the Clock Around”, “Is It Wicked Not to Care?”, “Ease Your Feet in the Sea”.

Fold Your Hands Child, You Walk Like a Peasant
2000
El fin. Eso fue lo que estuvo a punto de ocurrir tras la edición de este caótico cuarto álbum. Caótico más por su proceso de grabación que por las canciones mismas, que exudan un refinado clima más bien apacible. El problema: la democracia, otra vez. Muchas manos en un plato causan arrebato y el terrible encontrón que se llevaron en el estudio por la falta de dirección musical los dejó sin ganas de verse las caras. Stuart David se alejó para formar su proyecto electrónico Looper y el resto cancela la gira promocional y se separa. Una pena, porque de haber sido mejor promovido, este disco pudo haber significado su consagración comercial, gracias a un puñado de enormes canciones, esculpidas con exquisitos arreglos orquestales que denotaban una palmaria madurez.
Imperdibles: “There´s Too Much Love”, “I Fought in a War”, “Don´t Leave the Light On, Baby”, “The Model”, “Waiting for the Moon to Rise”.

Storytelling
2002
Qué se puede decir a favor de este disco. Que la música de Belle and Sebastian y las visiones del cineasta Todd Solondz siempre estuvieron en las antípodas y que es imposible conjugar agua y aceite. Que Murdoch nunca había compuesto un soundtrack y se equivocó. Que el director de Happiness los engañó haciéndoles componer todo un score de más de media hora para sólo usar seis minutos, cosa que enfureció al compositor. Quién sabe. Lo cierto es que esta fallida colaboración fue editado como disco independiente y los resultados dejan mucho que desear. Tal vez si se hubiese prescindido de unos cuatro tracks el disco hubiese podido ser “el nuevo disco” de Belle and Sebastian. Pero no se hizo así y hasta el día de hoy los fans, con mucha conveniencia, dudan si incluir a Storytelling en una casi inmaculada discografía.
Imperdibles: “Black & White Unite”, “Storytelling”, “Fuck This Shit”, “Big John Shaft”.
EP’s y Singles
Siguiendo la tradición de los grandes grupos de pop, los EP’s de Belle and Sebastian siempre habían sido pensados como unidades autónomas, es decir con canciones inéditas, no incluidas en sus elepés. Así, en 1997 publicaron tres insuperables extended recogidos después en el imprescindible box set Lazy Line Painter Jane (2000). Otro de ellos, el sensacional Legal Man, generó polémica por su abierto coqueteo con la radio. No obstante, con su nuevo álbum, el grupo ha comenzado a lanzar al mercado CD singles, con temas extraidos por primera vez de un álbum ya editado.
Dog on Wheels 1997
Lazy Line Painter Jane 1997
3… 6… 9… Seconds of Light 1997
This Is Just a Modern Rock Song 1998
Legal Man 2000
Jonathan David 2001
I’m Waking Up to Us 2001
Step into My Office, Baby 2003
I’m a Cuckoo 2004

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