La Maldición del Segundo Disco

Escribe Wilfredo Oliveros
Habiendo logrado lo que Oasis no pudo: conquistar América, los Coldplay deben pasar una prueba aún mayor: superarse a sí mismos.
Cinco millones de copias vendidas con Parachutes, tres premios de la NME, dos Brit Awards 2001, el Grammy 2002 (el firme) por mejor álbum alternativo y el flamante premio a mejor acto del Reino Unido en el MTV Europe 2002, son las cifras que manejan los muchachos de Coldplay después de lanzar, por todo lo alto, su segunda placa A Rush of Blood to The Head. ¿Necesitarán de otro paracaídas?
Where Do We Go, Nobody Knows
“Quiero ser una estrella de rock, pero a mi manera”, pareciese que Chris Martin (voz, guitarra y piano) se hubiese repetido eso en la cabeza cientos de veces desde que empezó a ensayar con el guitarrista Jonny Buckland en 1996, en la época en que ambos estudiaban en la University College de Londres, pues no fue sino hasta mediados del 98 que el par se animó a ensayar como Dios manda, al reclutar a Guy Berryman en el bajo y Will Champion en la batería.
Martin, fan confeso de Bob Dylan, Neil Young y Tom Waits, no es el típico modelo para recortar de un rock star, pues no fuma, rara vez toma y vivió hasta hace poco con sus padres (maestra y contador), en la casa donde empezó a arrancarle notas al viejo piano familiar, cuando sus pies llegaban a duras penas a los pedales. Por otra parte, Buckland, un guitarrista a presión (su hermano mayor, hincha de My Bloody Valentine, le instó a los 11 años a tocar la guitarra), creció entre vinilos de Hendrix y Clapton, pero empezó a tomar las cosas en serio, primero, al descubrir a los Stone Roses y luego, al encontrar el alter ego compositivo ideal en Martin.
Tras ensayar buen tiempo con Buckland (donde fuera posible: baños, sótanos o parques) y luego de arrebatarle el nombre al futuro grupo de un amigo, deciden autofinanciarse en 1998 el EP Safety, que tuvo cierta acogida, la cual se amplificó al año siguiente con el segundo EP The Blue Room, el cual contenía el primer gran hit de la banda, “Shiver”. Ya en los días siguientes, dos nombres fuertes de la BBC Radio One, Steve Lamaq y Jo Whiley, se proclamaban fans de Coldplay. Un pasezazo.
Amor Amarillo
2000 fue el año de “Yellow”, una power ballad intensa, redonda desde la primera escucha, con un riff de guitarra pegajoso, muy buenos arreglos de cuerdas y una cándida declaración de amor en la quejumbrosa voz de Martin (“Mira a las estrellas /mira como brillan para ti /y todo lo que haces /sí, ellas eran amarillas”). La melodía estaba tan impregnada de ese no se qué que tienen los hits que la letra, en apariencia insulsa, te enganchaba, y no hubo bar, pub o radio donde no se escuchara el “Look how they shine for you!”. El impacto de este tema en el Reino Unido les abrió las puertas a USA y los introdujo automáticamente en la premier league del rock británico. Baste decir que al comprobar que Coldplay había eclipsado en popularidad a Oasis, Liam Gallagher (quien meses antes declaró que “Yellow” lo había inspirado a componer nuevamente) mostró su malhumorado rostro a la cámara y soltó entre dientes un escueto “Suenan bien”.
Una vez que Parachutes irrumpió en las radios y oídos de millones, las comparaciones con Radiohead y en menor medida con The Verve no se hicieron esperar, pero los senderos por los que transitaban estas bandas eran muy diferentes. Los Coldplay estaban a la búsqueda de su propio sonido, bien sea influenciados por el clásico rock británico (“Live is for Living”, “Everything´s not Lost”) el shoegazing (“High Speed”) o el folk (“Sparks”, “We Never Change”), pero con canciones simples y directas como “Don´t Panic” y su ritmo jazzeado, el buen manejo de cambios y melodías en “Shiver” y “Yellow”, el cadencioso bajo y la límpida guitarra de “Spies” y el depresivo, aunque ciertamente repetitivo, círculo de piano en “Trouble”. “Queríamos probar que hay una alternativa, en la que puedes pegar sin ser meloso, ser pop en el buen sentido de la palabra, puedes inspirar sin caer en la pompa…ser una reacción contra toda esa música basura y sin alma.” (Chris Martin)
Give Me Real, Don’t Give Me Fake
Es muy difícil exponer abiertamente las emociones sin caer en el cliché, sin pecar de sensiblero, candelejón y demás adjetivos poco gratos, tal vez esa sea, para Coldplay, la parte más difícil de la composición, el mantenerse tras esa delgada línea que separa la canción sentida, nostálgica o romántica del mamarracho llorón y burdamente efectista. Es en esos lindes en los que Parachutes se desplazaba. Con A Rush of Blood to The Head (2002), Chris Martin y su gente no quieren seguir corriendo riesgos y se expanden a otros tópicos más oscuros, menos sufrimiento de adolescente, más nervio y crítica.

Para lograrlo dotan a las canciones de mayor producción, más trabajo de cuerdas y efectos –pulseando sus límites pero sin aventurarse a otros géneros– y una predominante presencia de piano y voz. Y la verdad es que a pesar de la potencia rítmica, del amplio espectro de arreglos pseudo-psicodélicos y el empleo de sintetizadores clásicos (a fin de otorgarle una onda que remita a los maravillosos 60’s), A Rush of Blood to the Head es un disco frío en varios surcos, menos inspirado, dejándote con la impresión, en muchos casos, de que la idea original se hubiese extraviado al fondo de la mezcla.
Hay una marca evolutiva en la mezcla de voz y arpegio suave de “In My Place”, en el agresivo guitarreo y la exultante melodía de “God Put a Smile Upon Your Face”, en el violento inicio en conjunto de cellos, guitarras, piano eléctrico y batería en “Politiks” y hasta en el refrescante círculo de piano en “Clocks”, pero luego, las cosas se tornan un poco cansinas con “The Scientist”, donde el piano y la voz de Martin no llegan a nada más que repetirse, o en el caso, mucho más adelante, de “A Rush of Blood to The Head”, una buena canción, cuyo “intro” de más de un minuto y diez segundos le quita contundencia al tema.
“Daylight” es un ejercicio de banda interesante, en especial para Buckland, donde demuestra que puede ser el guitar hero que Gran Bretaña necesita. Hacia el final del álbum “Warming Sign” y “A Whisper” son rellenos, bien arreglados, tocados con oficio pero sin un gancho que los levante del promedio, rellenos en suma. El tema título muestra una progresión en las letras del vocalista-compositor (“Voy a comprar este lugar y quemarlo /párate aquí hasta que haya llenado todos tus deseos /porque voy a comprar este lugar y verlo quemarse /y le haré todo lo que te hizo a ti”) pero el excesivo tiempo que tarda el tema en resolverse lo vuelve aburrido; el álbum cierra con “Amsterdam”, gemelo de su predecesor, piano y voz in crescendo, la buena voz de Martin, que al inicio sonaba cálida y particular se torna insufrible cuando la canción pierde dirección. No hay trucos de producción, ni arreglos de violines, ni efectos de guitarra que salven un tema si éste no contiene una buena idea.
La sola conjetura de que los Coldplay debieran, con este segundo álbum, demostrar que han llegado a la ansiada madurez compositiva, que ya están listos para reclamar su sitial en el panteón del rock británico o que son los nuevos Radiohead es sencillamente absurda. La banda está aún a medio camino, probando nuevas fórmulas de producción con un álbum que si bien no es tan inspirado o emocional se muestra lo suficientemente atractivo como para seguirles el rastro hasta su siguiente entrega.

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