Escribe Fidel Gutiérrez

No tienen millones de copias vendidas. No tienen fama internacional. No tienen a Gwyneth Paltrow. Pero tienen mejores discos que Coldplay.

Hay quienes se han apresurado en calificar a The Last Broadcast (2002), el segundo disco de Doves, de “primaveral”, contrastando sus intensos momentos de calidez con la omnipresente melancolía de su debut, el excelente Lost Souls. Y tienen razón, pero sólo en parte. La esperanza está allí, pero también el desencanto producto de esas expectativas que cualquiera pone en cosas como las drogas, el amor (¿acaso no eran lo mismo?) o en la gente que nos rodea.

“Allá se va el miedo de nuevo / déjalo ir”, canta Jez Williams en uno de los mejores temas del disco. Pero el temor, el miedo no termina de marcharse nunca y se queda, perturbador pero sublime, en más de la mitad de los temas aquí incluidos. ¿Tendrá algo que ver que los tres Doves tengan más de 30 años? ¿Será porque son de Manchester? ¿O quizás porque ellos y todos nosotros en verdad ya no tenemos remedio ni redención? Quién sabe. Lo único concreto aquí son canciones tremendas, capaces de emocionarte y de raptar tu atención, hipnotizándote.

Extasis y Vino

Doves nació del fuego. Tuvo su punto de partida en una de esas desgracias que dividen la vida en Antes y en Después, que te liberan o te encadenan definitivamente. Sub Sub era su (terrible) nombre original. Allí los gemelos Jez (bajo) y Andy Williams (batería) y Jimi Goodwin (guitarra) respaldaban las virtudes vocales de Melanie, una linda chica canela. El sonido indie pop de cadencias dance cultivado por Sub Sub no hacía más que reflejar el espíritu reinante en “Madchester” a fines de los ochenta y comienzos de los noventa: fiestas interminables, discotecas en cada cuadra; éxtasis, heroína y alcohol en cada sistema circulatorio.

“Ain’t No Love (Ain’t No Use)” fue el éxito más grande de la banda, en abril de 1993. De la mano de Rob Gretton (manager también de New Order y, antes, de Joy Division), Sub Sub debía, tenía que dar el gran paso para mantenerse en vigencia. Pero, como acepta Andy en cada una de sus entrevistas, el éxito y el dinero se les subió a la cabeza (junto a otras sustancias) y demoraron un año en sacar un nuevo single. Lo positivo de toda esa etapa juerguera y desaforada fue “poder pagar varios meses de alquiler” con las regalías y adquirir un estudio de grabación en el cual deberían completar –¡por fin!– su primer álbum. Y aquí es donde esta historia toma un color cenizo.

Jez Williams estaba por celebrar su cumpleaños. De hecho, a las tres de la mañana, el día no empezaba aún para él, pero sí para el escuadrón de bomberos que, en ese momento, trataba de apagar el incendio que consumiría por completo su estudio de grabación. De la noche a la mañana Sub Sub quedó en nada. Todo lo avanzado para el álbum debut desapareció. Nunca se preocuparon por guardar en algún otro lugar copias y registros. Sepultados por la fatalidad no atinaron durante un buen tiempo a decidir qué pasos dar, y ni siquiera el ánimo del buen Gretton pudo servir de consuelo.

Aprendiendo a Volar

Debieron transcurrir cinco años para que las perspectivas cambiasen. Ya desde 1998 la intención de los Williams y de Goodwin era la de continuar lo iniciado. Incluso, cansados de probar vocalistas, decidieron encargar tal responsabilidad a Jez y permanecer como trío.

Ahora había nuevas aspiraciones y nuevas canciones, pero faltaba un nombre para diferenciar esta experiencia de la anterior. Doves (sin The, por favor) llegó más que nada porque las otras alternativas planteadas no lograron consenso. Además de “palomas”, la palabreja en cuestión aludía, en las calles de Manchester, a una variedad del éxtasis. Pero igual les creemos cuando dicen que por ahí no va la roca.

El primer EP que editan, en 1999, es Sea (que incluye “Sea of Song”, uno de sus mejores temas) en su sello propio y misio llamado Casino. Más adelante seguiría “Here It Comes”, ambas con nula repercusión. La muerte de Gretton, ese mismo año, los tomó de sorpresa, pero ya el proyecto había agarrado fuerzas y parar era imposible. Así, respaldan en varios conciertos al orgullo local, Badly Drawn Boy (con quien colaboraron en su EP3 de 1998) y participan en su extraordinario primer álbum The Hour of Bewilderbeast. La independiente Heavenly los capta, editan otro EP con la hipnótica “The Cedar Room” como tema principal y todo queda listo para el lanzamiento del que será calificado como el mejor disco debut del 2000.

When Doves Cry

Lost Souls aparece en pleno “renacimiento” del britpop. Pero el convencionalismo sonoro y el miserabilismo lírico con el cual grupos como Coldplay o Travis a veces destiñen la mencionada etiqueta no puede aplicarse a los doce temas del disco (quince en la edición gringa, editada recién el 2001).

Los primeros acordes de “Firesuite”, instrumental que abre el álbum (titulada así por ser la única pieza sobreviviente del siniestro del 95) ponen en claro que aquí no habrá monotonía: un piano hipnótico, ecos y cadencias rítmicas cercanas al post punk oscuro más sofisticado de los ochentas configuran una introducción sumamente prometedora. “Here It Comes” (cantada por Andy) cumple con toda expectativa y va más allá. Es un anuncio, casi un pregón (“Aquí viene mi día en el sol / y tú no sabes cómo se siente esto”) que transmite honda tristeza. “Sea Song” es la joya negra del cofre de las Almas Perdidas, capaz de llevarte al fondo de tu océano particular y de aplastarte con su melodía. “Rise”, “The Cedar Room” y el tema título muestran la habilidad del trío para construir atmósferas ensoñadoras, sin dejar de lado el factor energía. “Melody Calls” supone la inevitable cuota mod que plaga el britpop en boga y “Catch the Sun” parece una reminiscencia de los años noise del indie pop británico. Cierra el disco “A House”, una balada folk cuya belleza pugna por emerger en medio de una pared ruidosa que semeja el sonido del fuego con el que empezó todo: “Día tras día y la vida pasa / y trato de ver el bien en todos”, canta Jez. Y con eso ya todo está dicho.

No alcanza un éxito masivo (para eso están –otra vez– Travis y Coldplay) pero la crítica musical del mundo occidental le rinde a Lost Souls todos los honores que se merecen. Doves son nominados a todos los galardones habidos y por haber (Brit, Q, NME), entre ellos el prestigioso Mercury Prize (que al final se lo lleva su pata Badly Drawn Boy) y salen por vez primera de gira fuera de Inglaterra, rumbo a Estados Unidos, donde son bien recibidos no solo por la ubicua legión de melómanos anglófilos que allí habita.

En medio su disquera edita Lost Sides, placa de edición limitada en la que se incluyen temas pertenecientes a EP y singles no reunidos en el álbum debut y que, por su restringida circulación, ya es una pieza de colección.

Mientras tanto, convertidos en los engreídos de la Heavenly, el trío experimenta sonidos y nuevas canciones en diversos estudios de grabación, trabajando nuevamente con Steve Osborne en la coproducción, uniéndoseles en el camino y en los arreglos de cuerda Sean O’Hagan, líder de The High Llamas y uno de los más talentosos émulos de Brian Wilson que habita el indie americano. Con ello y con todo lo vivido, The Last Broadcast, el nuevo disco, presentaría muchas más aristas que el anterior. No podía ser de otra forma.

Miedo y Polvo

La esperanza que aparecía tenuemente en medio de la insistente melancolía del disco debut habita las letras de algunas de sus nuevas canciones con mayor presencia y convicción (“Words”, “There Goes The Fear”), pero deben convivir con emociones opuestas, especialmente la del desencanto (hacia situaciones, personas y lugares), puestas de manifiesto con habilidad y pulso. Musicalmente sigue presente la tendencia a generar atmósferas subyugantes en las que guitarras y teclados adoptan matices y perfiles insospechados.

Así, la ya mentada “There Goes the Fear” combina un ritmo pegajoso con guitarras slide propias del country, rematándose con un animoso redoble de percusión ¡de reminiscencias brasileras! Escrita antes del 9/11, “N.Y.” resulta ser una agria descripción de las emociones negativas suscitadas por la mitificada ciudad estadounidense. Presenta además un arreglo de cuerdas sensacional y momentos de saturación psicodélica mucho más disfrutables con los audífonos puestos. Estos elementos también revisten “The Sulphur Man” –aparentemente una crítica al abuso de drogas– y “Friday’s Dust”, que habla sobre la cocaína y la publicidad como falsas portadoras de expectativas sobre un fondo acústico y desolador, similar al de la triste “M62 Song”, tema inspirado en la escena de baile de Christina Ricci en la película Buffalo 66.

The Last Broadcast hizo que en los recuentos anuales Doves nuevamente figurara en lo más alto. En los charts de popularidad el vuelo no fue tanto y quizás eso sea mejor, en cierta forma, para que la incipiente esperanza de sus miembros siga creciendo de a pocos y no se transforme en el éxito vacuo que ha sumido en la mediocridad a tantas bandas que en algún momento supieron conquistarnos.

69 #2, julio 2003

0 Respuestas a “Doves”


  1. Ningún Comentario

Añade un Comentario