Back in Black
Escribe Fidel Gutiérrez
Han sobrevivido. A diferencia de otros contemporáneos suyos, los Interpol han sorteado airosos la difícil prueba de hacer un buen segundo álbum. Antics es la lógica continuación de su debut: melancólico y profundo, pero dotado de esa sensibilidad y energía que los aparta tanto del contingente del “New Rock” y de la “New New Wave” como de las pintarrajeadas tribus “góticas” que ahora, quizás cansadas de estar siempre en lo mismo, buscan hacerlos suyos.
De pronto todo se tornó oscuro de nuevo. La música y la ropa, los versos y la vida. La vieja angustia despertó. En las calles, en los cuartos y bajo ese cielo del que alguna vez bajó la muerte no podía sentirse otra cosa. Miedo, incertidumbre, desazón. Luego del 11 de setiembre del 2001 nada sería igual en Nueva York y en buena parte del mundo. Los demonios que nos atormentan en las más terribles de nuestras pesadillas; los más terribles, es decir, aquellos que conviven calladamente dentro nuestro y se alimentan de todo lo bueno que se nos escapa, emergieron vigorosos, dispuestos a recobrar presencia y a aplastar todo lo que se ponga en frente suyo.
Resultaría muy simple atribuir a este contexto el origen de la propuesta de Interpol. Después de todo, sus integrantes son nativos neoyorquinos y Turn On The Bright Lights, su intenso álbum debut, fue grabado en los dos meses posteriores a la tragedia en cuestión (aunque su edición se produjo más de medio año después). Pero eso constreñiría al cuarteto dentro de un esquema miserabilista y mórbido, similar al que habitan los llamados “góticos”: un páramo donde reina la complacencia y el malsano hábito de mirarse al ombligo así todo esté desmoronándose alrededor o avanzando en otra dirección.
Interpol es más que eso y también mucho más que una de las esquirlas de la explosión que tiró abajo toda la estructura barrosa sobre la cual la industria intentó, con poco éxito, levantar un rascacielos denominado “Nuevo Rock”. Un “hype” que si algo bueno ha generado es el de poner nuevamente en la vitrina de los medios masivos a bandas jóvenes y vigorosas que, en otra circunstancia, habrían tenido que conformarse con pasar sus días circunscritas a una escena o a los confines de su barrio.
Aparecidos justo en momentos en que el citado “bluff” agarraba más cuerpo y amenazaba con quedarse, teniendo como puntas de lanza a encantadores poseros recién llegados como los Strokes u otros importados y puestos al día como los Vines, Interpol supo destacarse por encima del montón apelando a reciclar y poner al día el post punk más oscuro de comienzos de los 80, sin caer en los clichés que han convertido a la mayoría de cultores y sobrevivientes de dicha camada virtualmente en payasos que se regodean en logros y sonidos del pasado para camuflar su esterilidad creativa.
Así, el cuarteto neoyorquino se ha convertido en una avis rara; en un ente capaz de seducir con las melancólicas historias y tristes descripciones emocionales de sus letras a audiencias que en los ochentas estaban aún en pañales y también a nostálgicos de esa década. Incluso en nuestra deprimente ciudad, Interpol ya viene siendo referente obligado en toda discoteca “oscura”, junto a tótems del calibre de Sisters of Mercy, Bauhaus o la etapa dark de The Cure, y, por supuesto, también Joy Division. Así no le guste al grupo saber que incluso aquí, en este lejano y atrasado país, su nombre no puede verse desligado del de la legendaria banda que lideró en Manchester, Inglaterra, el desaparecido Ian Curtis hace 25 años.
New York Cares
Un producto de su entorno, eso es Interpol. Sus cuatro miembros se criaron en Nueva York. Un par de ellos (el vocalista Paul Banks y el guitarrista Daniel Kessler) vivieron también en París, Francia. El cosmopolitismo de ambas metrópolis y la intensa y moderna vida cultural de ambas podrían darnos pistas sobre el espíritu y las inquietudes que animan a estos músicos.
Sus biógrafos señalan que el grupo se formó en 1998. Banks (un políglota que, entre otros idiomas, domina perfectamente el español) y Kessler se conocían con anterioridad. Este último, estudiante de la Universidad de Nueva York y líder factual del grupo, descubriría al bajista y teclista Carlos D(engler), no gracias a las habilidades musicales de este último sino al hecho de que el par de botas Doc Martens o “chancabuques” que llevaba puestos le llamaron poderosamente la atención un día…
El grupo se completó con el baterista Greg Drudy quien en abril del 2000 se retiró “por razones artísticas y personales” (seguro hasta ahora debe estar golpeándose la cabeza). Su reemplazo sería Samuel Fogarino, un viejo conocido de Kessler. El nombre colectivo proviene, dicen, no de la Policía Internacional, sino de un juego de palabras que solía realizar el vocalista utilizando su nombre.
Al igual que los Strokes (o Pixies en el siglo pasado), la notoriedad de la banda empezaría en Inglaterra y no en su país natal. Tras aparecer el año 2000 en compilaciones patrocinadas por sellos independientes como Chemikal Underground y Fierce Panda, la prensa musical británica (esa gran descubridora y, a la vez, enterradora de talentos) empezó a destacarlos de manera entusiasta.
Su primer EP fue autogestionado. Allí incluirían versiones primerizas de “PDA” y “A Time to Be So Small” (incluidas luego en el primer y segundo álbum, respectivamente).
La oportunidad de grabar un álbum entero se dio en noviembre del 2001, teniendo de por medio toda la resaca de la paranoia post 11/9. Al año siguiente, con el material sonoro ya listo, ficharían con Matador, casa disquera estadounidense de notorio pedigrí independiente.
Por motivos obvios optaron por registrar Turn On The Bright Lights lejos de la agitación reinante en casa, en los estudios Tarquin, de Connecticut, y con Peter Katis en las consolas y el veterano Gareth Jones (quien ha trabajado con Depeche Mode) en la mezcla. El resultado, ya está visto u oído, dista mucho de ser plácido o distendido.
Dile Hola a los Ángeles
¿Qué dicen ustedes? ¿Debemos creerle al cantante y guitarrista Paul Banks cuando afirma, en cada entrevista que concede, que no busca sonar como Ian Curtis y que si ello ocurre es por mera casualidad? ¿Podemos pensar en otro calificativo distinto al de “mentiroso” al oírlo entonar las letras de “PDA” o “Narc”? ¿Plagio deliberado o simple e inconsciente influencia? ¿Cuál dedo será mejor chuparnos?
Y no es sólo el desempeño vocal. El bajo del ya famoso Carlos D. y las guitarras de Daniel Kessler y del mismo Banks evolucionan de manera tal en canciones como “Stella Was a Diver and She Was Always Down”, “Roland” (del primer álbum), “Not Even Jail” o “C’mere” (del segundo), que en muchos momentos semejan out-takes de Closer. Y líricamente el punto no es distinto: la descripción de sensaciones asfixiantes, de personajes atrapados en situaciones de difícil resolución guarda mucha relación con las letras de Ian Curtis, aunque sin llegar a la maestría del desaparecido cantante. Incluso puede trazarse cierto paralelo entre la desesperanza de “Love Will Tear Us Apart”, el clásico de Joy Division, y la expresada en “Obstacle 1”.

Es precisamente ese afán (intencional o inconsciente) de asemejarse a la desaparecida banda británica el que hace que Interpol no caiga en el saco sucio del “gothic rock” de inspiración ochentera que tantos despropósitos ha generado. Si, pues: tienen el ritmo, la lírica depresiva y la pinta necesaria; pero difícilmente podríamos equipararlos con grupos como Fields of the Nephilim, Nosferatu o Skeletal Family, que elevaron a la enésima potencia los clichés del subgénero. Lo mismo podríamos haber dicho de Joy Division si la tragedia no se hubiese interpuesto en su camino: Curtis y compañía jamás hubieran podido ser equiparados con grupos como Bauhaus o Christian Death, cuya teatralidad y excesos “góticos” sobrepasaban a sus propuestas musicales y lindaban con lo autoparódico y lo bochornoso. Pero, siendo objetivos, a pesar de habernos sorprendido con Antics, Interpol aún está lejos de igualar a sus maestros. Van por buen camino y ojalá su siguiente disco sea todavía mejor. Aquí en Lima, por lo pronto, algunas discotecas “góticas”, de esas que se llenan de negro los fines de semana, ya tienen sus canciones como partes inamovibles de sus tracklists, y alguna otra hasta ha realizado una fiesta con exhibición de los clips y tomas en vivo del grupo. Algo sumamente llamativo teniendo en cuenta la fijación de los responsables de estos locales y de su público con lo ochentero y su desconfianza hacia todo lo que se aparte de dichas coordenadas.
Luces Afuera
Turn On The Bright Lights, una frase del tema “NYC”, fue la elegida para titular el primer álbum (luego de editar un EP de tres temas). La frase contrasta con las sensaciones que transmiten todas las canciones (exceptuando “Roland”, un intenso tributo a un gato), llenas de angustia e incertidumbre; reflejos de tensión, ansiedad y paranoia; en suma, todo lo que puedes sentir en una época llena de incertidumbre.
Temas como “PDA”, referido a una relación imposible y llena de odio (“eres tan linda cuando estás frustrada, querida”), u “Obstacle 2”, que lleva el mismo tópico a niveles extremos, muestran que en este disco no encontrarás mucha diversión, si es que eso es lo que buscabas (y he allí otro punto contrapuesto al hedonismo promovido por los arquitectos mercadotécnicos del “Nuevo Rock”).
La música –ya se dijo– parece haber sido hecha en Manchester o Londres unos cuantos años atrás; en una época en la que la creatividad rockera volvía a despertar a consecuencia del zamaqueo punk. “Untitled” marca el inicio de forma misteriosa, con un canto que semeja a un mantra. “Obstacle 1” continúa en la lista: un tema que transmite tremenda tensión pero que, a pesar de ello seduce. Su elección como single confirmó su perturbador atractivo y lo convirtió en uno de los temas señeros del 2002, aunque en realidad todo el disco clasifica como uno de los mejores editados ese año, pues son pocos los álbums que pueden arrojarte en la cara sensaciones tan intensas; quizás no del todo definidas dentro de los manidos esquemas del bien y el mal, pero sí enraizadas en lo turbio que puede llegar a ser nuestro comportamiento frente a los demás y ante nosotros mismos.
Semejante carta de presentación, sacada prácticamente de debajo de la manga, hizo que los halagos de la crítica y la fanaticada del grupo crecieran considerablemente, no sólo en Inglaterra o en Nueva York sino en todo el mundo, convirtiéndolo en referente obligado al hablar del estado del rock contemporáneo. Incluso participaron en el festival itinerante Curiosa, organizado por The Cure, uno de los pocos dinosaurios post punk que aún respira con dignidad, y que convocó a Interpol a sabiendas de las grandes similitudes que mantienen en lo que a background y audiencia se refiere.
Paradójicamente, una situación tan provechosa y gratificante también se convierte, dentro de la escena del rock independiente, en la amenaza de futuros tropiezos. Es sabido que el estrellato puede tener efectos nocivos en quienes recién gozan de él. Si tal infección se expande, los síntomas incluirán complacencia y ausencia de creatividad. De ahí pues el “síndrome del segundo disco”, del cual pocos pueden escapar airosamente. Felizmente estos chicos sí pudieron.
Corregido y Aumentado
La grabación de Antics se inició en marzo, y se prolongó durante dos meses, aunque la producción y mezcla (encargadas nuevamente a Peter Ketis y Gareth Jones, respectivamente) llevó otros tres meses más. Sin embargo, semanas antes del lanzamiento los piratas hicieron eco de la ansiedad de los fans y colocaron en la Internet versiones de las premezclas, obtenidas quién sabe cómo.
Así, para fines de setiembre, cuando salió a la venta, muchos sabían que, por ejemplo, “Slow Hands”, el single de adelanto, a pesar de ser un buen tema (y un aparente llamado a la reconciliación o a la redención), no era el mejor del álbum; palideciendo incluso ante la exhuberancia de “Not Even Jail”, un listado de acciones a tomar para procurar el tan necesario autocontrol de nuestras emociones, con aires de Wire, Gang of Four y, como siempre, Joy Division.
Y es que este álbum no representa una ruptura con el anterior. Por el contrario, acentúa esos elementos que hicieron que algunos les imputaran falta de originalidad, pero trabajando aún más los arreglos y la producción.
El inicio del disco, con “Next Exit” puede decepcionar a quien esperaba verse sorprendido de arranque, tal y como ocurría con “Untitled” en Turn On The Bright… Mucha melodía, mucho profesionalismo, pero poco peligro. “Evil” retoma la impronta ochentera quizás un poco disforzadamente, pero ese mismo elemento se suelta de muy buena forma en “Narc”, una canción de amor rítmica y melancólica.
Es aquí donde el disco empieza en verdad. “Take You on a Cruise” acentúa el lado melancólico y crepuscular, y resulta un ejercicio de ambigüedad lírica. Y la segunda mitad, con la ya mencionada “Not Even Jail” iniciándola, y piezas del calibre de “C’mere” y “Public Pervert”, es de lo mejor que el grupo ha hecho en su breve existencia, así como indicio de lo grande que puede llegar a ser si así lo quiere.


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