Canciones para una Orquesta Química

Escribe Alfonso Vargas
Los metaleros los idolatran. Los indies los respetan. Los críticos los reverencian. Las farmacéuticas los adoran. Queens of the Stone Age vuelven con nuevo disco, sin Nick Oliveri, sin tanto genio, sin mucha locura y, sobre todo, sin la carátula que te prometimos, Homme.
Algunas veces, las mejores cosas de la vida suceden, inadvertidamente, por algo que tú mismo hiciste sin pensar en las consecuencias a largo plazo. Hubo una vez un grupo llamado Kyuss, el cual surgió desde el lado berraco del opulento Palm Springs, capital mundial de las metanfetaminas. A lo largo de un fugaz lustro y cuatro discos que todos deben tener, seis vándalos terminaron creando todo un movimiento, el stoner rock, que si bien no es algo 100% fresco (Tony Iommi debería comprarse una mansión a la semana con los réditos que merece por esto), ha logrado mantenerse impoluto por más de una década; algo que, en estos tiempos, linda con la imposibilidad de lamerte las nalgas. Josh Homme, guitarrista y principal arquitecto del sonido de Kyuss, fundó Queens of the Stone Age en 1997. Inicialmente concebido como un proyecto unipersonal denominado Gamma Ray, Josh se vio forzado a cambiar el nombre luego que un horrible grupo alemán de power metal lo forzara a ello utilizando las omnipresentes amenazas legales. Fue bajo el nuevo nombre de Queens of the Stone Age que el tristemente fenecido adalid del género, Man’s Ruin Records, editó un EP con 3 temas grabados por Homme junto a Van Conner de los Screaming Trees y el productor de Kyuss, Chris Goss, junto a las tres últimas canciones que Kyuss grabó antes de colapsar a mediados de 1995.
Teenage Hand Models
Al año siguiente, Homme jala (je) a Alfredo Hernández, viejo compinche suyo en los coletazos finales de Kyuss, y a John McBain de los otros padres del stoner, Monster Magnet, grabando y editando rápidamente un epónimo debut en Loosegroove, la disquera que creara Stone Gossard de Pearl Jam. A pesar del carácter eminentemente repetitivo de las composiciones, el cual motivó que Homme decidiera describir al grupo como “robot rock”, el álbum demuestra que no existía la menor intención de quedarse entrampado en el megalítico sonido de Kyuss. De hecho, la voz de Homme, entonces neófito en eso de ser la voz principal, es bastante menos áspera que la del vocalista stoner promedio, con lo cual el disco gana accesibilidad y pierde pastel, sobre todo en temas como “Avon”, “Walkin’ on the Sidewalks” y “Regular John”, pequeños himnos que aún aparecen con frecuencia en los conciertos del grupo. Fue durante las sesiones de grabación que Homme y Hernández terminan una juerga en un concierto dentro de un cuchitril gay/punk; al prestar atención a lo que pasaba sobre las tablas, se dieron cuenta que el desnudo y pelado bajista, cuyo instrumento (musical, porsiaca) no estaba sostenido por la típica correa sino por un pedazo de soga, no era otro que su compañero de la primera época de Kyuss, Nick Oliveri, quien antes de empezar a tocar ya se había agarrado a puñetes con alguien del público, y que acababa de armar un proyecto nuevo llamado Mondo Generator con “un par de imbéciles que encontré por ahí la semana pasada” luego de ser expulsado de los desadaptados punks The Dwarves por ser demasiado desadaptado. “Perfecto”, pensaron, y le pasaron la voz para unirse a la gira de la nueva banda, la cual empezó en una pequeñísima fonda mexicana de Palm Desert, y continuó en Europa, donde la banda recorrió todo el continente a lo largo de locales de todo tamaño, desde bares hasta festivales masivos. Dave Catching, de los Earthlings?, también acompañó a la banda en la segunda guitarra y los ocasionales teclados, y fue aquí donde se marca el punto de inflexión en el sonido de la banda, puesto que los temas en los cuales Homme ya trabajaba para su inclusión en el siguiente disco tendrían una mayor cantidad de texturas que el formato básico de power trio del debut.
C-C-C-C-C-Co-caiiine!
El inicio del nuevo milenio vio a QotSA firmando un, dicen, riqui$i$í$imo contrato con Interscope Records, morada de Primus, NIN y, eh, Limp Bizkit. La edición de Rated R a mediados del año 2000 hizo crecer los bonos de las Reinas notablemente, y con justa razón. Y es que se trata de uno de esos discos que tienen algo para todo el mundo: pequeñas joyas pop rock como el primer single, “The Lost Art of Keeping a Secret”, épicas excursiones psicodélicas (“Better Living through Chemistry”, ¡buena con la cabeceada a Björk!), momentos de respiro (“Auto Pilot” y la instrumental “Lightning Song”), invitados de lujo (Rob Halford aparece leyendo la lista de quehaceres pendientes de la banda en “Feel Good Hit of the Summer”, y Mark Lanegan, ese genial hijo no reconocido de Tom Waits, se encarga de las vocales carraspeadas en “In the Fade”), y esa genial aberración de Oliveri llamada “Tension Head”, que al igual que “Monsters in the Parasol”, era un tema de los Desert Sessions, un colectivo de orientación bastante espontánea que para ese entonces ya se iba por el sexto volumen. La gira de presentación del álbum tuvo su punto álgido con la presentación del grupo en el festival Rock en Rio III junto a Iron Maiden y esa llanta infinitamente reencauchada llamada Guns N’ Roses, luego de la cual Oliveri fue arrestado por aparecer desnudo en el escenario, calatez vista por millones de personas en el mundo en la transmisión televisiva del evento. Como es evidente por la mera inclusión de la banda en semejante evento, su status comercial para este entonces se había elevado ya bastante, y es aquí cuando se genera la verdadera explosión del género en lo que a exposición se refiere. Todo el mundo quería tener algo que ver con el stoner rock en aquel entonces, cosa que al buen Josh no le hacía tanta gracia; y si uno se pone a pensar, este fenómeno no es tan poco común en aquellos que el público en general sindica como responsables por la aparición de una corriente considerada como potencial nuevo boom. Si no, pregúntale a Mike Patton.

You Can Go Get Fucked
La aparición del sucesor de Rated R, Songs for the Deaf, a mediados del 2002, volvió a presentar una serie de novedades. La más notable de ellas fue, obviamente, la aparición de Dave “piérdete una” Grohl en todos los temas del disco, quien había estado deseando tocar con Josh y Nick desde la primera vez que escuchó Blues for the Red Sun, por la época en que Nirvana aún estaba lejos de volverse una herramienta para quitarle a los niños su propina. Es innegable que Grohl le dio al sonido de la banda una contundencia muy superior a la de sus dos trabajos previos, y es que de hecho el disco es inmenso. Un viaje a través de una ficticia banda radial que cuenta con DJs como Blag Dahlia de los Dwarves y Natasha Schneider de los tristemente relegados Eleven, Songs for the Deaf llevó todos los componentes de Rated R hasta sus límites. El grupo nunca había sonado tan desbocado como en “Millionaire”, “Six Shooter” y los dos extremos de “Song for the Dead”, tema en el cual vuelve Mark Lanegan, para esto ya incorporado a la banda como miembro oficial, y en donde la batería le da un buen guiño a Black Flag. “The Sky Is Falling” sigue en cierta forma el patrón de “Better Living through Chemistry” (después de todo, las dos son el quinto tema), de una forma un poco más concentrada. “Go with the Flow” y “Another Love Song” (¡aquí Oliveri se controla vocalmente!) tienen quizás las melodías más accesibles que la banda haya creado alguna vez, y el final propiamente dicho (consideramos al que debe ser el primer hidden track que figura en los créditos de un disco, “Mosquito Song”, justamente como eso: un simpático bonus) con “A Song for the Deaf” no podría ser más aplastante. Si me preguntan, esta es la obra maestra de QotSA. El banquito de Grohl, quien luego de una pequeña gira por clubs de la costa Oeste de los US tenía que regresar a facturar millones con los Foo Fighters, fue ocupado por Joey Castillo, ex Wasted Youth y Danzig, y la banda inició lo que sería su mayor gira hasta la fecha, permaneciendo en la ruta por casi un año y medio, con pequeñas vacaciones para los proyectos paralelos de rigor. Y luego, silencio. Hasta que repentinamente, a inicios del 2004, Homme decidió botar a Oliveri, quien aparentemente optó por llevar sus similitudes físicas y de ritmo de vida con G.G. Allin al siguiente nivel (recientes declaraciones de Josh confirman esto, indicando que la expulsión se debió a que Nick le sacó el ancho a su novia). Demasiado drogo para una banda de drogos. Determinado a no dejar que tan súbito divorcio provoque que el grupo pierda la viada, Homme decide empezar a trabajar desde cero en las canciones para el nuevo disco, descartando un buen número de canciones que ya había completado junto a Oliveri, Van Leeuwen y Castillo.
Give the Mules What They Don’t Want
Si Rated R era el no-tan-difícil segundo disco y Songs for the Deaf el Gran Disco de Rock de proporciones mastodónticas, la dirección tomada en Lullabies To Paralyze denota que Homme ha estado mirándose el ombligo muchísimo últimamente. Esto no es necesariamente malo en sí, sobre todo tratándose de alguien con un currículum con tanta carnecita como el de Homme. Supongo que cuando tu público se acostumbra a que tus trabajos tengan un estándar tan alto, tanto en calidad como en introducir nuevos elementos, esto termina regresando para morderte el culo. Si no, pregúntale a Mike Patton. Fin del off topic.
Una cosa es cierta: el inicio de Lullabies promete, y promete bien. “This Lullaby” pone en movimiento el esférico con la típica tranquilidad alcoholizada que podríamos esperar de Mark Lanegan (¿no te habías ido?), y “Medication” es una de esas aceleradas canciones cuasi-punk que siempre terminan colándose en los discos de la banda (ver “Tension Head”). “Everybody Knows that You’re Insane” ostenta la típica dinámica de estrofas lentejas con coros punche que, bien usada, te parte. Como aquí. “Tangled Up in Plaid” baja en algo las revoluciones mas no la calidad, y le sigue la lúdicamente cachacienta “Burn the Witch”, con una melodía guitarrera bastante infantil y que cuenta con la participación del legendario Billy Gibbons de ZZ Top.
Es en “In My Head” donde el disco comienza a flaquear: la canción me hace pensar en el “moderate rock” que enunciaba solemnemente el K.C. al inicio de “Tourette’s” (y, oh fortuna, es el single más reciente del disco). Sí, las guitarras son razonablemente fuertecitas y el tempo del tema es movidín, pero al final de cuentas el proverbial “no pasa nada” termina triunfando en mi cabeza. Asimismo, el cencerro en “Little Sister” suena realmente ralo. Esta herramienta de percusión que siempre, siempre hace una canción más paja, jamás había sonado tan estéril. Esto es un pequeño indicio de mi principal problema con la placa: el volátil filo que le daba a la banda el jalonazo de Oliveri y que, en general, debería tener todo disco de rock que se precie (más aún tratándose de una banda tan abiertamente hedonista como las Reinas), no está por ningún lado. A menos que te consigas la edición inglesa, entre cuyos bonus tracks se encuentra una riquísima versión de “Precious and Grace” de ZZ Top y en donde el señor Gibbons repite el plato (otro bonus track es una re-versión de “Like a Drug” de los Desert Sessions). Es algo triste cuando sólo encuentras esas características que te hicieron adorar a uno de tus grupos favoritos en un cover. Como sea, luego de “Little Sister” el disco entra en un gran marasmo, del cual sólo se salvan la mitad de “Someone’s in the Wolf” (la coda de feedback y susurros con la que concluye el tema es excesivamente larga e innecesaria) y el relajado final de “Long Slow Goodbye”. Mención deshonrosa: “Broken Box”, sin lugar a dudas la primera canción horrorosa que Josh ha perpetrado. Seguro será el siguiente single.
Si bien en estos tiempos de consumismo extremo estamos acostumbrados a la satisfacción instantánea y a ser excesivamente exigentes con los músicos que admiramos, este pequeño bache no debería ser motivo para perderle la fe a la banda. Después de todo, sus componentes han sido responsables por una serie de joyas discográficas a lo largo de los últimos quince años. Nick Oliveri recientemente ha dicho que no tiene el menor interés de volver a las huestes. Personalmente, espero que se te pierda el chanchito donde guardas el billete para tu heroína, y regreses a seguir pichangueándote al lado de Josh, pelón.

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