Fuck Art, Let’s Dance!

Escribe Natasha Luna Málaga

Los Yeah Yeah Yeahs no han inventado la pólvora pero vaya que saben usarla.

Esto no es para los lisiados. Tampoco para los imbéciles ni para los impotentes. Mucho menos para esas mentes novatas que afilan sus lenguas antes de escuchar a sus víctimas; ansiosas de mostrarse astutas, sedientas de alcanzar el punto exacto de acidez. Esos críticos de traseros estancados en sus asientos de plástico, esos privilegiados con la facultad para reconocer lo que es bueno y lo que es sólo ruido. Esos depósitos fétidos de información que no tardan en reconocer las influencias, las fechas, las anécdotas. Esos que saben que hubo algo mejor, esos que nunca se dejan engañar. Esto no es tampoco para los que están prisioneros en sus necesidades de encontrar el mensaje que por fin los enrumbe hacia algo de peso, esos iletrados que buscan en la música lo que por flojera o incapacidad no pueden encontrar en los libros, esos mendigos en busca de palabras sabias y que sólo usan lo que descubren para distinguirse de aquellos que son todavía más ineptos. Esos ingenuos que aún confían en que la vida puede ser encerrada en una gran idea (o que debería serlo), esos inútiles coleccionistas de frases célebres o de discos que les cambiaron la vida, pero que nos les cambió nunca de lugar, ni de preguntas. Esto no es para casi nadie.

¿Por qué entonces los Yeah Yeah Yeahs tienen tanto éxito? ¿Por qué tantos conciertos, tanto buzz, tantas expectativas puestas en ellos? Pero, ¿acaso los califican de algo genuinamente bueno más allá de ser divertidos y excitantes? ¿Qué es excitante para muchos sino tan sólo pasar el tiempo olvidándose de aquello que volverán a hacer luego? ¿Qué es bailar para la mayoría sino una mera diversión? ¿Por qué entonces pedir que se valore con más justicia a los YYY, si aquí sólo se ensalza lo tullido, lo fofo, lo pretencioso, lo falso, lo engreído, lo quejumbroso? ¿Por qué reclamar que se vea con cuidado lo que en ellos hay si, llenos del cerumen de lo que tiene “harto feeling”, jamás consideraremos lo que no le da de comer a nuestro oído viciado y deformado?

Ante esta última pregunta es fácil recordar a Morrissey cantando junto a los Smiths, “Hang the DJ… because the music that they constantly play says nothing to me about my life”. ¡Ay Stephen, pero qué lejos y hacia qué lugares tan insospechados te han llevado! Ahora creen que se trata de ellos, de ellos que son tan insignificantes ante todo lo que está allá afuera. Tú y tus frasecitas bonitas, tan british, tan fucked up, tan full of irony, tú y esas fotos con gestos de hombre sufrido, con tus ojitos cerrados y tu mano deslizándose hacia atrás por tu frente como si quisieras arrancar tu cabeza de tanto dolor. Yo creo en ti, pero sólo cuando tu canto se ve configurado y sometido a los perversos bemoles que se originan en un sentimiento informe, ese que se siente más en el estómago y en la garganta que perfectamente dibujado en la cabeza. Aunque claro, al no ser músico decidiste (para expresar con mayor sinceridad tu voz) explotar tus palabras y ahora ellas, sucias protagonistas de piernas largas y cuerpos complacientes, han dejado tras bastidores a tu canto. Como ves, esto no es contra ti, yo aún escucho toda tu música y la verdad es que también me gustan tus fotos, pero esas en las que sacas la lengua, esas en las que sonríes perversamente.

Sin embargo, el mal que implantaste es sólo una parte de la enfermedad actual y es que hay un fenómeno aún más vulgar que tus egocéntricos herederos, y son todas esas víctimas de la indiferenciación propia de una época tan sedienta de piercings, de polos alusivos, de tintes de cabello, de “yo no escucho esas cosas”, “yo no veo televisión”, “a mí me interesa el contenido”, “yo no leo a Paulo Coelho”; tan orgullosos de verse menos estúpidos, tan ocupados en construirse de manera “digna”. Pero nuevamente, sólo llegan a diferenciarse de los que son más ineptos que ellos. ¡Claro que el pop no dice nada! ¡Sus mismos creadores lo saben bien! ¿Cuántos millones, pero millones de personas repiten sin cesar ese estribillo que ustedes repiten acerca del malestar de la música? Lo hay, definitivamente. Pero, ¿qué hay del malestar que son ustedes? Ustedes que sólo usan a la música para verse mejor. Ustedes que siempre le buscan un significado que la desliga de su dominio. Si ella quiere transcender a los demás campos que ella misma lo haga con su propio lenguaje ya que posee suficiente fuerza para hacerlo, por lo menos más de la que poseemos nosotros. Trasladar la música a otros espacios conducida por nuestras manos de barro es tan sólo deformarla al gusto para nuestro propio provecho. Han hecho de la música el siervo del siervo que son ustedes de sus propias necesidades. ¿Por qué todo tiene que darles algo que escribir en su cuaderno? ¿Por qué todo tiene que servir a que ustedes conozcan más? ¿Quién les ha dicho que el mundo está para servirlos? ¿Por qué conducir a la música? Ella no tiene por qué tener dirección. Sería mejor si no la tuviera. Así no tendríamos por qué sospechar acerca de qué está puesto porque era necesario para la música misma, y qué fue puesto para simplemente llamar nuestra atención. Tal cosa nos haría caer en la paranoia y entre tanta duda terminaríamos por no sentir nada. Por suerte en la música de los YYY hay muy poco tiempo para la duda. Claro que ellos no son los únicos, ni ahora ni dentro de la historia, pero son quizá el ejemplo actual más adecuado en pos de replantear nuestra experiencia con la música (y con algo más.)

About A Girl (And Two Boys)

Parametrando su dominio, se dice de los YYY que son uno de los protagonistas del “new rock revival”, que han nacido, entre otros, junto a The Strokes y The White Stripes. Por otro lado, que en la voz de Karen O hay reminiscencias de Siouxsie, de PJ Harvey y otras más. ¿Son los YYY entonces algo sintomático del contexto musical actual? ¿Son productos de la herencia necesaria de lo bueno que se hizo antes? Es muy probable que así sea, finalmente nada está libre ni de su presente ni de su pasado. Sin embargo, hay algo en ellos que hace a los críticos decir (aunque es lo mismo que dicen de cualquiera): “Son como tales, pero con esto otro”. Ya todos conocemos a los antecedentes y si no, no importa, para eso ustedes tienen internet y sed de conocimiento, lo necesario aquí es ver eso “otro” que los distingue y que finalmente se convierte en su esencia, pasando lo demás (herencia y contexto) a ser mero complemento.

“If you’re gonna have a good time, have a really good time.”

De esta manera tan sencilla, Karen O expresa, como en tantas otras ocasiones, su intención. ¿Sirve de algo entonces atender a sus opiniones? Quizá, pero sólo para confirmar que las entrevistas, sobre todo a bandas de expresión musical extremadamente visceral, despintan la belleza de su arte. Y es que en una entrevista se (re)piensa lo hecho en la música y de esta manera se la desvirtúa. Por suerte, Karen O, Nick Zinner y Brian Chase no dejan de ser fieles a sí mismos y nunca van más allá del tipo de declaración aquí citada. No aprendemos nada nuevo acerca de ellos, es cierto, pero gracias a eso nos vemos conducidos nuevamente hacia lo primordial: la música.

Aunque Fever to Tell es su primer larga duración, los dos EP’s lanzados previamente tuvieron tanto éxito que inclusive el primero de ellos fue considerado, en diferentes medios, entre los mejores discos del 2002. Con ello a cuestas, la expectativa para lo siguiente no pudo ser mayor y si bien el resultado no dejó a todos cien por ciento satisfechos, casi nadie niega que pasaron con creces la prueba. ¿Hubo entonces una evolución? ¿Qué distingue a este disco de lo anterior?

It’s Oh So Quiet! (Sometimes)

Karen O ya había anunciado que en el Fever to Tell se vería que estaba enamorada. Es cierto, el tema del amor está presente de manera explícita en casi toda la segunda mitad del disco, sin embargo, no es algo que sorprenda. No me refiero aquí a la calidad que se destila de estas canciones, sino a lo inesperado que esto pudiera tener. Desde que aparecieron en escena, varias palabras enmarcaban los comentarios acerca de esta banda: sexo, perversión, agresividad, descaro. Pero todos esos comentarios parecieron dejar de lado, seguramente impresionados por la vorágine de energía, la calidez y el casi ingenuo sentimiento base de, por ejemplo, la excelente “Our Time” (aparecido en su EP epónimo). Es recién con el Fever to Tell que los lados suaves se han vuelto obvios a los oídos de todos y es por esa razón que se habla comúnmente de una división del disco en dos partes: una centrada en el sexo y la otra, en el amor. ¿Es Karen O esquizofrénica? ¿Se olvidó del sexo por la “pureza” que éste no tiene y que sí posee el amor? Claro que no. Hay dos momentos distintos, eso es innegable, sin embargo, con un poco más de oído y menos análisis, uno puede ver que esos dos momentos están fuertemente compenetrados en tanto tienen su origen en un mismo nido. Y es que si bien el sello principal de los YYY es el sexo, la base de todo es la inocencia.

Desde aquí (como quizá se ha hecho desde el inicio de este artículo) se va a tomar en cuenta por sobre todas las cosas a la misma Karen O. Es claro que si no fuera por la efectividad de los demás integrantes, esa voz, aquí exaltada, podría perderse en el vacío y hacer de los YYY tan sólo una banda más, pero esa efectividad no es algo que no podamos encontrar en otros lados (¡miren ustedes, yo tampoco me dejo engañar!). Su característica es la de mantener la simplicidad y el juego, pero en sus sonidos no hay nada más que un inteligente uso de lo ya hecho por otros. Cuando experimentan, como lo hacen en “No, No, No”, los resultados son suficientemente terribles como para eliminar la canción del disco y de donde sea que se la pueda encontrar. ¿Qué han aportado entonces Brian Chase y Nick Zinner? Actitud. Originales o no, suenan bien, despiertan el cuerpo y lo mantienen en movimiento. ¿Es esto suficiente? Por el momento, para quien no se fija fríamente sólo en la forma, es más que eso. No serán los creadores de una nueva música, but who gives a fuck!, acompañan condenadamente bien al torrente de sensaciones que es la vocalista y eso es bastante.

Pero ¿qué tanto tiene esa voz? ¿Por qué tantas palabritas para adjetivar la fuerza de Karen O sin ir más allá de simples epítetos? ¿Tengo acaso que cometer el crimen de conceptualizar lo que con tanta pureza se desenvuelve en la música? Empecemos con lo más simple. Sí, Karen O grita y grita (siempre cantando claro está), sin embargo, esto no impide una bella vocalización. Sus osadas líneas (nunca tan osadas como ella misma) se entienden casi a la perfección, pero eso es lo de menos, pues en cuanto Karen O alcanza su cumbre, su voz rebasa el dominio del lenguaje hasta convertirse en sensación pura. Basta con escuchar “Tick”, un informe himno a ese sexo que de tan bueno se vuelve insoportable y quizá uno de los mejores ejemplos para probar que ésta banda es el orgasmo hecho canción. Placer, cosquilleo y desesperación, todo en un apabullante in crescendo.

¿Qué tiene que ver esto con la inocencia? Quizá con el motivo de mi ataque inicial. No se trata de disfrutar y mucho menos de detenerse a ver el valor de las cosas, se trata, más bien, de abrazarlas con el entusiasmo propio de quien, sin un pasado lleno de lecciones, simplemente, se entrega. Ya sea el sexo, el amor, la vida misma, Karen O no pretende dar más lecciones que aquella que emana naturalmente de su forma de expresarse. Y no es que no se de cuenta de nada. Ya en el primer EP, canciones como “Mistery Girl” y “Art Star”, son escenario de una burla que roza el desprecio hacia aquellos que fingen un mundo que los haga ver más importantes. Karen O, por el contrario, sólo quiere vivir. En sus letras, aunque nunca más que en su propia actitud, esto se manifiesta claramente (“You ain’t no bigger than before…so take a swallow as I spit”, “Let’s do this like a prison break, I wanna see you scream and shake”). Es claro que uno puede disfrutar leyéndolas, pero ¿quién tiene tiempo y ganas para eso cuando hay espacio suficiente para bailar? Y ¿a quién se le ocurre malversar su tiempo escribiendo (analizando) sobre algo que está hecho para celebrar el cuerpo? Sí, ¡el cuerpo! Ese cuerpo libre de futuro, ese cuerpo libre de preguntas. Eso tan hermoso capaz de experimentar las más aceleradas y dulces sensaciones, eso que nos conecta con lo palpable, es decir, con ese mundo del que sí podemos asegurar que existe. Es el cuerpo en el sexo, en el baile, en la risa, el mejor discurso acerca de los YYY. Y si no creen que el cuerpo por sí solo es suficiente, ahí tienen las canciones de amor que, aunque pocas, son altamente recomendables; sencillas y hermosas como hechas en casa, pero más importante aún, llenas de amor y no de ese resentimiento-dolor precalentado-autosuficiencia-fuerza de mujer independiente siglo XXI tan propios de las féminas de hoy en día, tan complicadas, tan Mistery Girl. Y que siga el “ruido” y la ausencia de formas perfectas, pero sobre todo, Karen: don’t grow up.

69 #4, Noviembre 2003

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