¡The Band I Love!
REM en Lima y nosotros en el cielo (II)
Luego que un numeroso staff de plomos reajustara en aproximadamente quince minutos buena parte del instrumental ubicado en el escenario, fue el turno de Travis, la verdadera gran sorpresa de la noche.
El calificativo no es gratuito. A pesar de sus esfuerzos, la banda escocesa no ha podido despegarse del todo de la etiqueta de soft rock que se le endilgó tras alcanzar el éxito a nivel masivo.
Que se les hermane con grupos tipo Coldplay y con el sonido fácil-de-escuchar de ciertas radios de FM nunca le hizo mucha gracia al cuarteto (que para este festival tuvo a un guitarrista de apoyo), sobre todo pasada la euforia y las ventas generada por los melódicos lamentos contenidos en The Man Who y The Invisible Band, sus discos más populares. Desde entonces han tratado de retomar en alguna medida aquellas raíces rockeras que los distinguían cuando aparecieron hace más de diez años.
Esa puede haber sido una de las razones por las que Travis inició su set en el Lima Hot Festival con la estupenda “Selfish Jean”, de su penúltimo disco; un tema cuya encantadora simplicidad y energía (ilustrado con un divertido y casi amateur video clip) los acercó a ese indie rock norteamericano del cual su muy reciente Ode To J. Smith toma algunas lecciones. Así, de pronto, teníamos sobre el escenario a una banda que sonaba con una contundencia rockera que no dejaba espacio para la indiferencia del público; algo derivado sin duda del buen quehacer de sus miembros pero también de un uso adecuado de la consola de sonido.
A diferencia de las bandas locales, las guitarras de Travis sonaban poderosas y con el volumen adecuado para un estadio. Fue un hecho que –para “variar”- las bandas foráneas tuvieron un mejor trato en lo que respecta al manejo del equipo; una tara que es recurrente en todos los países, pero que acá ya llega a niveles extremos y frente a la cual queda pendiente una reacción.
La potencia y energía iniciales de los escoceses se mantuvo a lo largo de todo el concierto, desconcertando a quienes tan solo unas horas antes hacíamos votos para que acortaran lo más posible su set y recurrieran al menor número de baladitas posible para ganarse al público; aunque en realidad el número de incondicionales suyos en la audiencia era bastante numeroso, a juzgar por los comentarios escuchados previamente (fue antes de que todo empezara, tras oír a un par de muchachones ponderar mejor las virtudes de Fran Healy y sus socios que las de REM, cuando decidí que era momento de empezar a ingerir cerveza…).
El ímpetu que le pusieron a cada tema (inclusive a la lectura totalmente acústica de “Flowers in the Window”, cantada a coro por todos los integrantes puestos de pie) y el carisma y buen oficio de todo el grupo -especialmente de Healy y del bajista Doug Payne (quienes jugaron con el público a su antojo)- le ganaron la batalla al escepticismo. El mío sacó la bandera blanca cuando el vocalista empezó a frasear la genial “All I Want I Do Is Rock” de su primer disco, Good Feeling, cuyo tema título también tocaron, trayendo a la memoria una época en la que el pop/rock para las masas hecho en el Reino Unido aún guardaba cierta dignidad.
Antes de ello varios nos vimos repitiendo los efectivos coros de canciones como “Sing”, “Re-Offender” o “Side”, alguna vez aprendidos inconscientemente gracias a la radio y luego abandonados en algún polvoriento desván mental. Todas ellas, al igual que “Turn” y “Why Does It Always Rain on Me?” (previsibles remates para un verdadero “faenón”), fueron interpretadas con harta convicción y sin fisuras; como debe ser. ¿Algún reproche? No tocaron “The Beautiful Occupation”. Por lo demás, todo estuvo OK gracias a las equilibradas dosis de profesionalismo y espíritu rockero que nos suministraron.
A la retirada de los escoceses le siguió la aparición de un ejército de “plomos” que en cuestión de minutos desvalijaron todo el escenario para reacomodarlo a la medida del grupo de fondo. Quizás haya sido en ese punto en que desapareció la bandera del Perú con una estrella roja en el medio muy semejante a la de cierto grupo político, pero que en el centro llevaba una “T”, colgada sobre un parlante por -¿no lo adivinan aún?- los Turbopótamos. Lo cierto es que lo de Travis fue tan positivamente desconcertante que ni me fijé si durante su set ésta continuó en ese lugar.
Casi un cuarto de horas después, las luces se apagaron, provocando que diversos personajillos de la farándula limeña dejaran de “figuretear” y corrieran con sus vasos de cerveza en la mano a ubicarse entre el gentío. Afortunadamente para entonces el estadio ya estaba bastante lleno (los alarmantes y enormes vacíos vistos cuando el festival empezó, ahora eran escasos). Un amigo y colega me dice que voltee la cabeza y mi mirada se topa con la estampa del embajador estadounidense en Lima, acompañado por otras dos personas que felizmente no tienen pinta de ser sus guardaespaldas. Todos –ellos, nosotros y los demás 30 y tantos mil concurrentes- miran expectantes al escenario y a la enorme pantalla que se enciende al fondo de éste para mostrar imágenes en video de calles de una metrópoli similar a la que aparece en la portada de su último disco.
De pronto salen los REM, con un Michael Stipe que se asoma al último, elegante y casual como siempre (siempre lo será, con o sin el auspicio de Lacoste), y se desata una larga y atronadora ovación, mientras la banda empieza el concierto con la acelerada “Living Well Is the Best Revenge”, precisamente la canción No. 1 de Accelerate. El pelado, Mike Mills y Peter Buck (además de un pequeño contingente de músicos de apoyo) están allí al frente y ya no en un video o en una revista. Sin duda un momento trascendental… Pero no hay tiempo para pensar ni para ponerse reflexivo porque el ritmo es frenético y el sonido (tras superar un pequeño bache en una de las guitarras) atronador. “I Took Your Name” seguiría, junto a “What’s the Frequency, Kenneth?”. Por fin algo que un poco más de gente reconoce. Seguro son muchos los que empezaron a gustar de la banda con Monster, el disco con el que hicieron suyo el lenguaje de la distorsión guitarrera noventera. Otros, por cuestión de edad, lo hicimos con Fables of the Reconstruction o Lifes Rich Pageant,
Es en este punto precisamente cuando aparece el clásico y añejo “Driver 8″ (“un pedido del piloto del avión que nos trajo aquí”, dijo Stipe) el primer golpe emocional que propinan; tan fuerte que me dejan pensando si en efecto estar escuchando esa canción en vivo es parte de la realidad o tan solo una ilusión (más tarde y creo que hasta un par de veces, nos haríamos la misma pregunta en voz alta, espontáneamente y en pleno concierto con el just married Wilfredo Oliveros, otro de los 69 boys presente en este magno acontecimiento).
El segundo puñetazo viene ahí no más con “Drive”, esa canción que siempre me pareció aludir juntas a la incertidumbre y a la música (no fue casual que apareciera cuando la muerte de Cobain aún ensombrecía la escena del rock mal llamado “alternativo” y las vidas de aquellos tontos que nos solemos tomar estas cosas muy en serio). Esta vez su triste belleza resonó en las paredes del estadio y no en las de nuestros cuartos… “Tick… tock… tick… tock…”, coreábamos todos mientras levantábamos el brazo siguiendo los movimientos de Stipe… “Hey kids, rock’n'roll, nobody tells you where you go, baby”…La pregunta vuelve ahora porque uno no está acostumbrado a que las cosas sean tan perfectas en esta vida: ¿fue real ese momento?
Una dedicatoria a Barack Obama trae las cosas a la Tierra. Suena “Man Sized-Wreath” (el mejor y más potente tema de Accelerate) mientras en la pantalla aparece la leyenda “Obamatic for the people”) y le sigue una contundente “Ignoreland” (si no recuerdo mal, Automatic for the People, donde está dicha canción, fue el álbum del que más temas tocaron). Stipe se la dedica al saliente presidente George W. Bush con una puya incluida y yo quisiera ver como lo toma el embajador, pero ya estoy felizmente estrujado en medio del gentío y no puedo ni voltear bien la cabeza.
Los más jóvenes (también me uno a ellos saltando) celebran emocionados “Imitation of Life” cantándola de cabo a rabo, y me pongo a pensar en el carácter “intergeneracional” que tiene la banda y en su carácter de clásicos en vida; pero felizmente “Electrolite” y el pedido de Stipe de que todos iluminen la noche con sus cámaras y celulares, corta tan monses reflexiones. Se viene un momento de calma, empezando con la preciosa “The Great Beyond” (del soundtrack de Man on the Moon que por mi sitio sólo identificó el super fan Oliveros) y la esperadísima “Everybody Hurts” que me deja al final con la garganta resentida. No ayuda mucho a recuperar bien el habla que el grupo se lance con una impresionante “The One I Love”, pero poco importa si la voz se quiere ir; igual la canto, la cantamos, la saltamos y la empujamos todos.
Entre tanto movimiento vemos con retraso que Stipe ha bajado del escenario y canta, saluda y se estrecha las manos con los afortunados que, por llegar al Estadio a las 10 de la mañana, están en las primeras filas y pugnan algunos, desubicados o demasiado emocionados, por tocarle la pelada. ¡Malditos suertudos!
“Sweetness Follows” (otra de las joyas de Automatic…) inicia un set en el que el piano cobra protagonismo y la distorsión se va a descansar. “Let Me In” le sigue y todo se torna aun más bonito. La más reciente “Bad Day” nos saca de los años 90 y precede a otro de los grandes momentos de la noche: un “Orange Crush” casi de garage que desemboca en “It’s the End of the World as We Know It” y en un pogo (tal vez el único de verdad que hubo esa noche en la zona en la que estuve) que, entre otras cosas, también podría calificarse de fraternal, por la buena onda percibida y porque desconocidos totales se tomaban de los hombros para saltar juntos mientras cantaban a voz en cuello, como si fuesen “patas” de toda la vida.
Pero la felicidad inmensa de ese momento se vio frenada por la despedida del grupo. A su partida hacia camerinos siguió una estentórea barra futbolera (“olé, olé, olé, olé”, etc); la más imponente de todos los últimos conciertos internacionales celebrados en Lima. Los REM retornaron casi al toque con la reciente y efectiva “Supernatural Superserious”, encajándonos luego “Losing My Religion”, felizmente con la banda en pleno y no en la versión exclusiva para mandolina que interpretaron en otros puntos de su gira. Stipe recompensó el entusiasmo mayúsculo mostrado hacia esta canción por la concurrencia lanzándose sobre ella y recibiendo a cambio una bandera del Perú. Tras ello parecía que el concierto no podía ir para más arriba. Craso error, porque arrancó “Fall On Me”, una de las canciones favoritas de mi vida por lo que expresa, por como suena y porque por su ambigüedad y tono angustioso siempre la sentí como un himno a mi incertidumbre adolescente. Traté de no gritarla para escuchar a Stipe cantarla, pero no pude. Traté de no moverme para ver por fin a sus autores tocarla, tras más de veinte años de escucharla en radio, casetes copiados, videos y CD, pero me fue imposible. Fue el momento del concierto que más intensamente viví. Despojado de todo cinismo me sentí nuevamente aliviado por la música y transportado hacia un lugar mejor, como cuando esta hace tanto tiempo parecía darme respuestas para salir de los hoyos de depresión en los que solía caer.
La energía continuó con una “She Just Wants to Be” que presentó el mejor trabajo de guitarra de Buck en todo el concierto. Las ovaciones no se hicieron esperar a pesar de no ser uno de los temas más populares de su repertorio. Obviamente el reconocimiento fue originado por la estupenda intervención del guitarrista y por la contundencia mostrada por toda la banda (incluido Stipe, quien, de espaldas a la audiencia, desarrolló aquí sus pasos de baile más andróginos).
La intensidad se mantuvo, más sosegada, en “Man on the Moon”, una de las canciones más hermosas del siglo pasado, que marcó el final del concierto y fue cantada por todos con los restos de voz que todavía nos quedaban. La sorpresa final la daría Peter Buck, quien en vez de seguir a todo el grupo a los camerinos se quedó un minuto más en el escenario para levantar una copa y decir frente a un micrófono “¡pisco sour!”, antes de desaparecer y seguramente sumergirse en algún otro brindis.
Al salir del estadio, viendo con alegría los rostros de perfectos desconocidos y de amigos de toda la vida iluminados por el júbilo, la nostalgia por lo ocurrido tan solo unos minutos antes empezó a molestar. Hasta ahora, ya pasados algunos días, lo hace, sin que ese escepticismo con el que convivo cotidianamente haga algo al respecto o busque algunos defectos que la aplaquen y que hicieran finalmente que esta crónica sobre el concierto de REM tenga por lo menos un ángulo distinto y más original que el que supongo tienen y tendrán las que ya se han escrito o están por escribirse.
Recurrir a ciertos amigos que la pegan de exquisitos para que me den sus listados de deficiencias y quejas y así trabajar algo más “sabroso” no fue fructífero. Por eso es que, finalmente, le di un empujón a mi objetividad para que se hiciera a un lado y me dejara expresar sin rubores mi admiración y cariño a esta mágica banda.
Ahora sólo espero que no se resienta y alguna vez vuelva. FIDEL M. GUTIÉRREZ
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