
El espíritu de Lou Pearlman, el manager de los Backstreet Boys y ‘N Sync, sigue vivo en Crush Management, sólo que ahora en vez de boy bands, tenemos emo bands. Un reportaje publicado en el New York Post hace algunas semanas revela cómo opera la nueva máquina de hacer dinero a costa de las inquietudes existenciales (o si queremos ser más cínicos, de los desarreglos hormonales) de millones de púberes en todo el mundo.
De hecho, llama la atención el cinismo con que el dúo de empresarios que controla las carreras de Fall Out Boy, Panic! At the Disco y The Academy Is se refiere a las razones de su éxito y a la cultura musical de sus protegidos: “Panic! en particular, creo que su historia musical se remonta al primer álbum de Third Eye Blind. Por ejemplo, el productor de su disco les pasó el “Beatles Anthology”. Y los dejó muy emocionados, pero no conocían nada de lo que había allí.”
Más chocante aún resulta la candidez de Pete Wentz, bajista y letrista de Fall Out Boy, y actual teen idol del emo, al admitir que el grupo es la forma cómo mantiene su estilo de vida (estilo de vida que incluye salir con Ashlee Simpson). Y no parece importarle mucho que sean considerados un chiste. Es más, hasta podría decirse que se toma realmente en serio: “Bob Dylan enchufó su guitarra y todos empezaron a abuchearlo. Treinta años después, es considerado como uno de los mayores artistas de todos los tiempos. Hay muchas formas de volverse rico. Es muy fácil. Pero si quieres estar involucrado en esto, vas a querer estar involucrado por el legado de tu arte.”
Pensándolo bien, eso no se la cree ni él mismo. Ciertamente no se la cree uno de los compositores principales de la fábrica Crush (cuyos gustos, no sé si poner “irónicamente”, se inclinan más hacia el espectro Arcade Fire), quien confiesa que las emo bands para las que escribe suenan “igual, todos tienen el mismo look, tocan las mismas canciones guitarreras, todas las canciones son sobre la misma mierda. Creo que es por eso que a los críticos no les gusta.”
Felizmente, lo malo de las cosas buenas es lo bueno de las cosas malas: que no duran para siempre. La emofilia terminará, tarde o temprano. De todos modos, la espera sería más soportable si tan sólo no tuviéramos que cruzarnos con esos peinaditos…



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