BECK
Sea Change

A ver, ¿qué pasa cuando el noviazgo de nueve años del buen Beck termina, dejándole el corazón y los nervios en pedacitos, cuando saca todo el blues y folk que abriga dentro de sí, rindiéndole tributo a sus héroes Dylan, Drake o Pontiac y le dice a Nigel Godrich que repita el plato y le produzca el disco más nostálgico, personal y precioso de los últimos años? Con ustedes: The Homesick Space Cowboy.
Y es que, a pesar de la participación en Sea Change de buena parte de la banda que elaboró el Mutations, el disco te deja la sensación, en varios temas, que es Beck el que está solo e iluminado únicamente por sus ideas frente al micrófono, a lo largo de un recorrido pausado, mas no aburrido, por la calle cerrada de la soledad. Nigel Godrich (quien le dio a Radiohead toda la atmósfera dramática desde OK Computer) produce este disco, aparentemente, con más devoción, pues es en “Little One”, “Lonesome Tears” y “Round the Bend”, donde las capas de teclados y arreglos sinfónicos elevan los temas a niveles insospechados, redimensionándolos. Pero quizás esa no sea virtud única del productor, después de todo, Beck se ha aproximado a toda la estética musical de los 60’s al parar un buen rato con Air, cultores de la nostalgia, el moog y todo sintetizador análogo existente.
“The Golden Age”, “Side of the Road”, “Guess I’m Doing Fine” y “End of The Day” poseen un folk finamente ejecutado, una voz plañidera pero firme, guitarras rítmicas limpias, slides, coros y capas de efectos que obligarían a Thom Yorke a patearse el cerebro para sacar algo tan espacial y orgánico a la vez. “Lost Cause” y “It´s All in Your Mind” son temas-tributos a bandas norteamericanas como Byrds que músicos como Peter Buck nunca pudieron componer y el guiño al Lennon más experimental en los exóticos arreglos y coros de “Sunday Sun” es simplemente impecable.
El sufrimiento es purificación, Beck Hansen lo entiende así al exponer y expiar sus culpas y miserias a lo largo de estos 52 minutos con la maestría que sólo algunos poseen. Te apuesto que este disco difícilmente ganará premio alguno, pues un álbum tan oscuro, emotivo y entrañable suele pasar inadvertido para la obtusa industria de la música y el entretenimiento. Lo que sí es seguro es que con Sea Change, Beck obtendrá el respeto, con creces, de todos los que dudaron de su valía con el Midnite Vultures y de aquellos fans que saben de capítulos cerrados con buenas canciones. ¿Formarás The Sgt. Hansen’s Lonely Hearts Club Band? ¿Y por qué no? At last, sooner or later, we are all losers… Wilfredo Oliveros
OASIS
Heathen Chemistry

Es el fin de Oasis como lo conocía y no me siento bien. Y es que todo aquello que admiraba de ellos, y que siempre me granjeó los más inverosímiles epítetos (desde pacharaco y buscapleitos, hasta el más gracioso -cortesía de un desubicado beatle fan- de traidor “revisionista”) se ha desvanecido, ha perdido foco como su carátula, igual que el divagante sonido que ahora enarbolan, extraviados en el limbo donde yacen los artefactos que pretenden ser artísticamente válidos y mueren en el intento.
El problema es evidente: finalmente Noel Gallagher cayó presa de su propio juego. Así como Bela Lugosi se creía vampiro, así como Johnny Weismuller murió alucinándose Tarzán, Oasis parece ahora creerse la estrategia de marketing que utilizó para tomarle jocosamente el pelo a medio mundo (la de los nuevos Beatles). Sin el cariz cachoso, siempre metatextual y en clave irónica de sus guiños, su música simplemente ya no es la misma. De nada vale que Liam se esfuerce por imitar el timbre de Lennon en “Stop Crying Your Heart Out”, de nada vale que traten de emular el sonido de la Plastic Ono Band, de nada vale que Noel empuñe el micro en varios surcos, en un intento vano de impregnarle algo de feeling al disco (“Little by Little” fallece en su medianía genérica, mientras que en la bluesy “Force of Nature” suena demasiado pedante). El sopor cunde.
Y es que Noel hace rato que, tomándose demasiado en serio, quiere sacar su Revolver. Pero sus resultados son torpones, bruscos e inconexos. El olvidable Be Here Now, y el más interesante Standing on the Shoulders of Giants, lucían erráticos sobre la dirección en general del material, pese a contar con grandes canciones. Perdido en un mar de pretensión, tratando de conseguir una credibilidad que les permita ahora sí ser los nuevos Beatles, Noel ha olvidado que en efecto es un eximio compositor (cuando quiere). Al tomarse demasiado en serio, Oasis no sólo ha perdido la brújula en su búsqueda artística. Ha perdido la conchudez que era su marca de fábrica, y es por ello que ahora suenan aburridos. Recontra aburridos. Oscar García
UNDERWORLD
A Hundred Days Off

Número 1. “Mo Move”: Karl Hyde canta lánguidamente “I dreamed that I´m chemical” mientras los sonidos van deslizándose como por una violenta caída de agua. Así empieza la cuarta entrega de Underworld, enfrascados en demostrar que aun cuando el frenesí de los ritmos acelerados te eleven a un éxtasis sólo comparable a un sueño húmedo sin fin, no hay, en realidad, lugar más solitario que una pista de baile llena.
Eso es lo que transmite A Hundred Days Off, algo que flota en el ambiente durante todos los temas, algo que el ahora dúo (Darren Emerson dejó el barco porque no se sintió satisfecho con la mezcla del Beaucoup Fish) le ha impreso a sus acordes durante sus sesenta y tantos minutos y que es una constante presente de soslayo: la melancolía.
Pero no se crea que esto lo hace un álbum aburrido, nada de eso, el disco es un carnaval de loops y percusiones, como en “Two Months Off”, donde la cantidad abrumadora de efectos y capas rítmicas (un final latino alucinante) te sacuden inevitablemente.
Y si bien los de Essex quieren saldar una cuenta con sus raíces, pues el disco es predominantemente house (“Twist”, “Sola Sistim” y el tema de cierre “Luetin” son muestras irrefutables), Karl Hyde avanza en su tan ansiada aproximación al rock (aproximación que ha perseguido desde que estaba en Freur), con “Trim” y su ambiente folk (hey Hyde, lo lograste, ya estás haciendo rock!).
Pero bajo todos estos ritmos fina y sesudamente mezclados, en ese silencio dejado entre la sucesión de acordes y a lo largo de la sugestiva belleza de los temas instrumentales, A Hundred Days Off evoca la tristeza única e inacabable del ciudadano contemporáneo, quien, además de encontrar la soledad en casa frente al televisor o la PC, sale a la calle cada sábado, va a una disco y se aisla rodeándose de otros, de luces y de música, para dejarse llevar por la corriente, cual náufrago en un mar de gente.
Wilfredo Oliveros
SUEDE
A New Morning

Ya estábamos advertidos de que el nuevo disco de Suede devenía crucial, en vista de la palmaria medianía de su anterior entrega, el cansino Head Music, que hizo temblar a muchos pensando que se estaban convirtiendo en la versión europea de La Ley: puro look, nada debajo. En mi opinión sí salen bien librados con A New Morning. Rescatando estructuras prestadas de Coming Up, este disco es bastante similar, sensual y glamoroso, con mucho gancho, feeling y una producción soberbia, que no escatima el uso de electrónica sin alcanzar las cotas de abuso que ostentó el citado Head Music.
Y es que finalmente la banda, tras tres discos que podríamos llamar “de luto”, parece finalmente dispuesta a exorcizar el fantasma de Butler, su notable ex guitarrista, con mejor éxito. La guitarra de Richard Oakes, en ese sentido sí que cumple, aunque luzca algo opacada por las líneas melódicas del bajo de Matt Osman y un poderoso piano que descarga acordes en “Astrogirl”, la mejor canción, donde la voz de Anderson se luce como antaño: potente y ahora ligeramente aguardientosa. Así se siente también en “Positivity”, prima hermana de “She’s in Fashion”, el surco más accesible y con un exquisito trabajo en las cuerdas bajas cortesía del mencionado Osman. “Obssesion” es otra gran canción, de irrefrenable gancho y unas líricas que sólo Anderson habría podido firmar, cualidades que hubiesen hecho furor años atrás pero que, como el disco entero, quizá haya llegado demasiado tarde a la meta.
Y es que es innegable que pese a sus renovados bríos, la música de Suede ha adquirido un cierto aire a passé, sin duda el mayor pecado en el mundo del pop. Habría que ver si la creatividad de estos treintañeros, que siguen dirigiendo sus dardos hacia el mercado de los (y sobre todo las) adolescentes, aún puede dar para un disco más. Lo contrario sería una lástima porque quien esto escribe ha gozado de este último trabajo, cautivado por su arrebatador imán, que de tan potente se le hizo hasta cierto punto poco confiable. ¿Será verdad tanta belleza? Mmm… quizá sea ese escepticismo hacia los sentidos el que ha llevado a este humilde redactor a, después de una semana de completo idilio con el disco y de recomendárselo a medio mundo, dejarlo sobre su repisa, para no volver a escucharlo más. Oscar García
DIRTY VEGAS
Dirty Vegas

Verás, es más rápido de lo que parece: tres patas del sur de Londres se juntan y deciden grabar un tema “para ver qué sale”. El resultado es “Days Go By”, una canción de cadencia entre house y latina, pero de melodía depresiva. De allí en adelante una cosa llevó a la otra: el tema entra al Top 30 en el Reino Unido, Mitsubishi se los compra para una nueva campaña publicitaria en Norteamérica y la cancioncita empieza a sonar a toda hora en todos los canales y radios de USA. Tan inesperado fue su éxito que cuando Parlophone los contrata, el día de la firma el ejecutivo les hace una pregunta de rutina:
- Este, muchachos, ¿cómo decían que se llamaba su banda?
- …
- ¡Ah, pero cómo?!, ¿aún no tienen nombre?!
El álbum resultante es un híbrido interesante de rock y electrónica, un disco con parafernalia dance pero poseedor de las emociones que podríamos encontrar en el rock.
Dirty Vegas tiene temas ultra-bailables: “Alive”, “Days Go By”, “The Brazilian”, “Ghosts”, “7 AM” y el instrumental “Throwing Shapes”, así como también posee colgadas a lo Radiohead (“Candles”) y muy buenas mezclas de guitarras acústicas y ritmos programados, donde la voz de Steve Smith recuerda a la de Michael Stipe (“I Should Know”) y a Richard Ashcroft en la inmejorable “All or Nothing” y “Simple Things Part 2” (donde incluyen una línea del clásico “Another Brick in the Wall”). Ah, ¿y cómo encontraron nombre?, pues luego de la reunión con el ejecutivo se fueron de parranda, y mientras ya habían quedado en empezar el nombre con la palabra “dirty” (en la reunión les negaron Dirty Harry), fue allí que sentados, viendo como sus monedas se iban en las maquinitas de un casino, a uno se le ocurrió la palabra mágica. Viva las Vegas. Wilfredo Oliveros
HOPE SANDOVAL
Bavarian Fruit Bread

Si uno es cómplice de la noche, de las cortinas y de las puertas cerradas, uno puede hacerse cómplice de Hope Sandoval and The Warm Inventions, y deleitarse con su último disco de principio a fin. Pero si uno abre un poco más los ojos y deja de engalanarse tanto con la oscuridad, entonces la respuesta a esa pregunta que puja, pero que el encanto del ocio no deja salir, finalmente surge.
Yo no busco una montaña rusa, pero sí busco hincones, punzadas. Quizá un poco de retortijones y luego, una sonrisa hija de sensaciones inefables. Yo quiero conectarme. Pero no logro sumergirme, no logro ser cómplice de algo verdadero, de algo enraizado. No encuentro en la ligereza de un momento que tiene pinceladas sublimes (porque no se puede negar lo etéreo en el estilo de Hope Sandoval), la mano que conduce hacia el lugar que se promete. Porque Hope, si me vas a dar esa voz y esos sonidos, DEBES transportarme. De otro modo, con un poco más de complicidad en mi voluntad, también me puedo hacer amiga de la música ambiental. ¿Acaso no lo lograste en 1990 con She Hangs Brightly, ese extraordinario disco que sacaste cuando formabas, con David Roback, el dúo Mazzy Star?
Dulzura extrema, sencillez, calidez y magia, las puedo encontrar fácilmente en un disco de Belle and Sebastian y dejar muy de lado tu actual Bavarian Fruit Bread. La sensualidad de tu voz también la conozco y si se trata de guitarras melancólicas, prefiero a la poco conocida Eszter Balint. No, las cosas ya no son tan fáciles, que el panorama musical sea deprimente no te exime de tu culpa. Yo quería viajar. Un “Clear Day” se mostraba propicio para la travesía, pero al final, nunca fuiste capaz de levantarme de mi cama. Natasha Luna Málaga

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