Rufus Wainwright

The Man Who Would Be Queen

Escribe Oscar García

Fiel a la añeja tradición del songwriter, Rufus Wainwright regresó a escena con Want Two, honda exploración en los meandros más recónditos del alma humana y una vibrante conclusión a Want One, su ambiciosa saga sobre deseo y decepción iniciada el 2003.

La anécdota es cierta. Once de la noche. Mientras Rufus Wainwright pasea sus jeans vintage y múltiples anillos por una dorada calle de Broadway, una multitud hace ordenada cola para ingresar a la millonésima reposición de Cats. “Es él, Dios, no puedo creerlo”. Una chica en la cola lo ha reconocido. Wainwright lo piensa un segundo. Intenta cruzar la calle pero ella le corta el paso. “Perdí”, confesaría luego haber pensado. Sin embargo, su inicial incomodidad cede paso a un auténtico interés. La chiquilla es de muy buen ver, sin duda. Pero eso a él, más cantado ni el agua, le importa un soberano pepino. “Qué adorables zapatos –le dice mientras se arrodilla embelesado–,dónde te los has comprado”.

Rufus subvierte el canon de la habitual estrella de rock. Y él, con perdón por el cliché, es una estrella de rock como ninguna. De hecho, la condición estelar se la ha dado él mismo, pues, pese a sus denodados esfuerzos por conseguir fama y fortuna (ambiciones que el hombre hasta hace unos años confesaba sin rastro de culpa) no ha conquistado el estatus de masivo que bien le vendría y que ciertamente merece. Por más que la Rolling Stone lo haya nombrado en 1998 como Nuevo Mejor Artista. “Dios, sí que fue bizarro. No lo esperaba para nada. Pensaba que quizá el New Yorker podría decir eso”. Que no haya llegado, parafraseando a Saravá, al pico más alto de la popularidad, no significa que sus discos vendidos no se cuenten por millones. Menos que sea incapaz de llenar grandes auditorios.

Mientras tanto, Rufus libra otras batallas contra nuestras creencias cavernícolas más preciadas. Por ejemplo: su amor a la ópera italiana y desde luego el tópico sexual que en él es, sin duda, imposible de esquivar. Wainwright es uno de los cantautores mejor dotados de su generación y no sólo el cantante “gay” mejor dotado de su generación, si bien es cierto que, como él mismo dice, es un muchacho abierta y positivamente gay, que de niño soñaba con ser la Dorothy del Mago de Oz y hasta jugaba con un trapo al que llamaba “Toto” para auténtico terror de su padre, el famoso compositor canadiense Loudon Wainwright III, a quien cada vez que veía esta escena le daba un patatús. El pobre.

Convertido en un ícono gay –aun cuando su audiencia straight es amplia mayoría-, Rufus se siente el atemorizado continuador de toda una tradición homosexual erudita que rastrea desde Oscar Wilde y que se remontaría hasta los griegos. “Sólo estoy tratando de seguir esa tradición de homosexualidad “educada””, dice. Una prédica high concept que no lo aleja del activismo, como cuando participó en el 2001, junto a Elton John, en American Triangle, tributo a Matthew Shepard, un estudiante gay de la Universidad de Wyoming quien fue golpeado, colgado de los brazos y abandonado hasta morir en 1988 por un grupo de chiquillos homofóbicos.

Las canciones de Rufus están atravesadas todas (no hay malicia en la expresión) por una sensibilidad homoerótica que no se disfraza de ambigüedad para llegar a un público más amplio, como algunos pocos le reprochan a, ejem, Morrissey. Sin embargo, fan de la ópera al fin de cuentas, sus canciones menos confesionales podrían parecer pequeñas narraciones que adoptan distintos puntos de vista: un hombre, una mujer, una calle, Dios mismo. Un respiro sin duda para quienes no necesariamente están acostumbrados a escuchar de la voz de un hombre líneas del calibre de “rompiste mi corazón, chico Danny, y no fue tu culpa” en una canción pop.

Al provenir de una familia de músicos (como su padre Loudon, su madre, Kate McGarrigle, es otra luminaria de la música folk en su país), no es raro que su romance con el piano se haya iniciado a los seis años. Tampoco que a la edad de trece, cual pequeño Liberace, haya sido un eximio en el instrumento. A la edad de catorce fue nominado a un premio Juno (el Grammy canadiense) como artista joven más prometedor y casi al mismo tiempo una canción suya (“I’m A-Runnin”) competía en el Genie (el equivalente al Oscar en su país) por mejor canción de un filme. Tan precoz currículo convenció a su padre a darle la manita deseada, alcanzándole los demos de su engendro a su viejo amigo Van Dyke Parks (¡no digo más!) quien sirvió de mediador para que el joven Wainwright alcance el soñado contrato discográfico.

Opera Prima

“Foolish Love”, la canción que abre su debut con Dreamworks llamado Rufus Wainwright (1988) ya mostraba los derroteros vaudeville que seguiría gran parte de su obra: pianos amartillados al estilo de un cabaret, precisos apuntes de orquesta (arpas y violines) a lo chamber pop, una sensibilidad operística (“mi papá Verdi me mira desde el cielo”), letras confesionales y en especial, su inconfundible voz, tan quejumbrosa que consigue trasmitir con eficacia el natural histerismo de todo aquel que se confiesa un romántico atormentado. Un romántico que no obstante, como deja claro en la rotunda “April Fools”, no pierde la lucidez ante lo efímero de ese sentimiento. “Y tu creerás en el amor / y en todo lo que se supone que éste es / hasta que el pescado comience a apestar / y acabes aplastado bajo un martillo”.

Para Poses (2001), su segundo disco, el canadiense radicado en Los Angeles prefirió cambiar de aires. Lo consiguió al mudarse al mítico Chelsea Hotel de Nueva York, allí donde a su turno se han refugiado Sid & Nancy, Leonard Cohen y demás descastados del mundo. La experiencia de convivir con excéntricos habitantes de la Gran Manzana le sirvió para darle a su segundo intento un tono confesional mucho más sombrío y devastador que su anterior entrega. Poses puede que divague más y no sea tan accesible como su primera entrega, pero tampoco lo convierte en una obra reñida con cualquier compromiso emocional. La voz que canta parece menos preocupada por ser amada que por comprenderse a sí misma. “Podría ser una gran estrella / aún así estoy demasiado lejos de ser feliz” (“Shadows”).

“Tengo la esperanza de demoler los mecanismos pop creados por el imperio del mal. Es como David y Goliat: este disco sería como una piedra –bien pulida– arrojada a la frente de ese monstruo de siete cabezas… mm… cuatro o cinco llamado Backstreet Boys. ¿Cuántos son?”. Eso desde luego no sucedió. Los Backstreet Boys se derrumbaron solitos pero Rufus no tomó su lugar. Sin embargo, si tan sólo uno escuchase más seguido canciones como “Greek Song” no perdería la fe en la raza humana con tanta frecuencia. Con frases como “tú que naciste con el sol a tus espaldas / tú me enciendes, me enciendes /deberías saberlo” y apoyado en una base instrumental más cohesiva (a diferencia de Rufus Wainwright, acá sus músicos colaboran en la composición), Poses brilló con justicia en las listas de los mejores del 2001.

Hay varios momentos realmente hondos y turbadores. Como en “One Man Guy”, donde armoniza de manera celestial junto a su hermana Martha (quien, dicho sea de paso, ha sacado uno de los discos más aclamados por la crítica en lo que va del año). La producción de Poses, en la que metió mano Alex Gifford de los Propellerheads, marcó también diferencia por ensayar con mínimos beats electrónicos sin dejar de lado su esencia de pop de cámara. Ampliando más sus fronteras, fue el pie que el cantautor necesitaba para tentar suerte luego, tras un breve paso por rehabilitación, en un formato mucho más ambicioso, como se vería luego con la alabada llegada de su barroca saga Want.

Los Dos Lados del Amor

En justa medida los discos Want One (2003) y Want Two (2004) son las dos caras de una misma moneda. Planeados como una obra conceptual de dos caras que dejaría rezagados ya no a sus competidores más cercanos (sus sueños de estrellato se evaporaban con rapidez) sino a sus elogiados trabajos previos, fueron separados cual siameses por la incomprensión de una disquera que creyó poco comercial que un artista aún considerado para sus estándares como “the next big thing” tenga el atrevimiento de publicar un disco doble. Un riesgo que quizá una discográfica independiente no habría vacilado en correr. Nunca lo sabremos.

Con todo, el épico Want One soportó el corte con valentía. En su portada azul veíamos a Rufus, vestido como un caballero medieval, con la mirada triste y extraviada. Un sentimiento de pérdida que es la matriz de sus catorce tortuosas canciones. Como dejando claro eso de que todo deseo no es sino la dolorosa ausencia de aquello que no se tiene. “Mi teléfono está en vibrador por ti / pero aún así no te he sentido / así que llámame / llámame en la mañana / llámame en la noche / llámame a la hora que quieras” (“Vibrate”). Dato importante para el melómano: sentado tras las baquetas se halla Levon Holm, el veterano baterista de la legendaria The Band y uno de los héroes de Wainwright, quien le mete al disco parte de su sapiencia rítmica.

Pero esta epopeya confesional no habría tenido el mismo efecto si su contraparte musical –colosal, abigarrada, casi chirriante– no hubiese sido cuidadosamente aterrizada por una mano experta en engorrosos menesteres. En Want One como nunca antes se siente la voz de un productor externo, Marius deVries (Massive Attack, Björk y Madonna), quien se come el pleito de lidiar con un material de lo más tremebundo –puesto que parte de su encanto radica en su desmesura dramática– y darle la forma que finalmente ostenta. El productor respeta el sonido Wainwright pero también lo lleva más allá de sus límites. “Oh, What a World”, “14th Street”, “Vicious World”, “Beautiful Child”, con cada canción pareciendo una opereta, en la que el autor desnuda su devoción por los grandes de la lírica.

La llegada de Want Two sirvió para darle forma final al díptico, la pieza que faltaba, el final de la película. En la portada Rufus aparece travestido como una dama medieval implorando al cielo. La réplica con Want One es perfecta y su parecido con éste casi reflexivo, mientras que su coherencia temática (el pecado, el sacrificio y la absolución) se contraponen con una diversidad de estilos que alcanza cotas de verdadero paroxismo. Lo mismo puede ser una larga intro de matiz litúrgica (canturreo oriental de coda hollywoodense “Agnus Dei” que abre el disco, donde se repite cual mantra la cristiana invocación al cordero redentor) como un brillante ejercicio del más rancio y desarmante pop de cabaret (“The One You Love”).

Influencias le encuentran por montones, algunas bastante traídas de los cabellos, como ciertos intelectuales que se han despachado sobre sus bases literarias y hablan de un supuesto homenaje a la comedia picaresca. En todo caso, más evidente resulta su pasión por Broadway y por el drama. La triste historia de “The Art Teacher”, una chica enamorada que recuerda a su profesor, parece tomada del catálogo Rodgers & Hammerstein, Andrew Lloyd Weber o similares. Otra como “This Love Affair” habría encontrado su respectivo cover en la voz de Liza Minelli en el supuesto de que ésta todavía tuviese voz. De otro lado, “Gay Messiah” es una canción en 6/4 que parece destinada a escandalizar a la burguesía y conseguir el Parental Advisory a cómo dé lugar, cosas que sin duda hizo.

Con las habituales orquestaciones de Van Dyke Parks, Want Two es un disco excesivo en el buen y mal sentido de la palabra. En el buen sentido puede producir hiperventilación de lo estremecedor que es. Ahí esta “Memphis Skyline”, por ejemplo, un lamento al piano que estalla en fantasía orquestal dedicado con cariño al malogrado Jeff Buckley, a quien Wainwright confesó haber odiado durante años por gozar de una atención que él no recibía. En el mal sentido, es “Old Whore’s Diet”, una suerte de chiste inexplicable –cantado junto a Antony, de Antony and the Johnsons– que parece sacado del igualmente aberrante musical del Rey León, colocado hacia el final, con percusiones africanas y nueve larguísimos minutos que parecen durar una eternidad.

Con todo, el poder evocador de este disco no se disuelve por un par de tracks erróneos. Y aunque radialmente hablando sea el menos accesible de su carrera, no deja de ser cautivante para sus fans y para aquellos abiertos (no hay malicia en la expresión) a desafíos artísticos de este calibre. Con Want Two queda demostrado que Rufus Wainwright sigue mejorando con el tiempo, caminando hacia la diáfana perfección con pasos de gigante. Con cantautores de su talla es imposible imaginarse cuál será su próxima movida. Quizá como vaticinan los críticos que han escuchado el díptico Want, de un definitivo paso hacia su Broadway adorado. Quizá componga su definitiva aria, como la ha dejado entrever en alguna entrevista. Quizá engendre un disco pop que lo ponga en las radios y boca de todo el mundo. Lo que sea entonces. Pero que salga ya.

69 #8, junio 2005

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