Glasvegas // Glasvegas

Imagina si Kukín Flores colgara sus trajinados chimpunes y fundase una banda de krautrock. Con algunos años menos y una carrera no tan llena de incidentes bochornosos, James Allan fue despedido por su equipo de siete temporadas (el Falkirk FC de la Liga Premier de Escocia), y sólo encontró refugio en sus discos de Oasis y Elvis. Tres años después, el debut de la nueva sensación de Glasgow del norte alcanzaría la segunda posición de los charts británicos. Nada mal para un pelotero frustrado.

No esperes la cumbia de Carlos Tévez o el seudo-rap de Didier Drogba, el auto titulado disco de Glasvegas se encuentra aferrado a su propio terruño, remitiendo inmediatamente a los intocables The Jesus and Mary Chain tanto en looks como en influencias sesenteras. Tan fuerte es el déjà vu que Alan McGee, fundador de Creation Records y rey del bombo, los calificó como la mejor banda desde Oasis (quienes para el retirado pelado fueron el equivalente a la resurrección de Cristo) desencadenando así una exaltación mediática no vista desde el advenimiento de los Arctic Monkeys.

La razón concreta de tanta alharaca parece ser enteramente justificada si es que uno escucha el himno al padre desobligado, “Daddy’s Gone”, autobiográfico single que por su tierna honestidad e intensa entrega vocal ha sabido hacer explotar en lagrimas a más de un agarrado cuarentón. Es justamente esta transparencia y honradez brutal la que mantiene al disco bien parado, sin ningún tipo de pretensión falsa y con el acento de Glasgow como bandera (el trabalenguas de ‘”t’s My Own Cheating Heart That Makes Me Cry” deja a The Proclaimers sonando como turistas), mientras que el cantico de tribuna “Go Square Go” da fin al mito que en Glasgow sólo viven inadaptados sociales, violinistas y fans de JD Salinger.

En el 2008 no fue fácil encontrar música con algún tipo de contenido político logrando colarse en el mainstream, quizás Glasvegas no lo haga concientemente, pero existen pequeñas viñetas melancólicas como “Geraldine” (tomando la perspectiva femenina para hablar sobre una trabajadora social) y “Flowers and Football Tops” (los dos regalos más populares para muertos jóvenes en Gran Bretaña) que pretenden tocar asuntos olvidados por el pop actual con la maña que Spector intentó inculcar en The Crystals hace más de cuatro décadas. Justo cuando todo parece perfecto, entre incertidumbre y lamento llega “Stabbed”, un hilarante monólogo sobre la Sonata para piano Nº 14 de Beethoven. El tema de fondo podrá ser tan macabro como importante, pero es imposible poder tomar en serio el melodrama sin reírse un poco. Puchungo Yañez, ahora es tu turno.

Cam Snob

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