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Golden Triangle // Double Jointer

Alexander Mc Queen ha diseñado el vestuario para el remake de Barbarella. La odisea esta vez no se desarrolla en el espacio sino en Brooklyn, entre los desechos industriales que comparten el lugar con las bandas y bares que no dejan de aparecer. Tres chicos y tres chicas a los que les gusta disfrazarse forman parte de este carnaval. Mallas y tacones, glamour y licor barato. Madrugadas neoyorquinas donde se van ahogando las descargas de la nueva promesa surgida del underground yonqui. Las jeringas cruzan el aire y una máscara desgastada se estrella contra el sillón antes que todos los instrumentos sean abandonados buscando una próxima dosis.

Princesas de risas burlonas, payasos sin alma, adivinos desesperados por conseguir roomate para conservar el alquiler del piso en Williamsburg; todos ansían un poco de evasión esta noche. Los Black Lips ruedan a los pies de las cantantes de Golden Triangle. Vashti y Carly juguetean con sus copas aguardando el turno para tocar. Un blogger completamente sobrio y aparentemente desvelado se acerca a las chicas y les pregunta si el nombre del grupo es un guiño al lugar donde se produce la mayor parte del opio que circula en esa fiesta. Un tren fantasma arrolla al curioso y ellas retocan su maquillaje antes de empezar la performance.

El rockabilly no da tregua. Un cavernícola es agitado de un lado a otro de la sala. John Waters en versión albina se acomoda el mostacho y celebra la llegada del amanecer encendiendo un puro frente al neón. El cuero brilla en el escenario y envía un reflejo decadente a los sedientos de garage. Jay Reatard desde el backstage observa detenidamente los taco aguja de sus cómplices y desea que este carrusel no deje de girar hasta que el sol anuncie el final.

Golden Triangle “I Want to Know”
Del álbum Double Jointer (2010)

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The Fieros // The Fieros EP

El beat viene desde los sesenta. Las melodías y voces cruzan el tiempo y el espacio llegando a Nueva York directo de Inglaterra. Se celebra a la juventud y el verano, se canta a la libertad y a la mujer, no se toman riesgos ni se busca la experimentación: guitarras afiladas y una base rítmica contundente al servicio de la canción. Alejados de la afectación y las imposturas se recuerda la belleza de lo simple, la efectividad de un estribillo pegajoso, se proclama que la perfección musical no exceda los tres minutos para un single. Una propuesta que naciendo del Merseybeat suena refrescante y demuestra que la invasión británica a América aún es una ola embriagadora que no termina de reventar en nuestros oídos.

The Fieros “In My Veins”
Del EP The Fieros (2010)

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69 R.P.M.

Yo solo les ofrezco paz. Ese es mi modesto servicio. Por lo general llegan ansiosos por comenzar sus sesiones. Una rústica cabaña, cercana a un lago, distanciada y aislada por completo de la tecnología y la urbe oficia de campo de relajación y estudio musical. Suelen llegar de todas partes, pero últimamente recibo a muchos visitantes que provienen de Brooklyn, específicamente de Williamsburg. A ellos les doy el trato especial que se merecen. Sus grabaciones son místicas y legendarias. Plasmo la plenitud de sus espíritus en mis placas. En esas cintas rescato la esencia de sus vidas y la última chispa que escapa de sus cuerpos.

He ganado una considerable fama entre los folkies y hippies que pueblan la escena musical actual. Estos románticos empedernidos llegan a mí con la esperanza de hacer el mejor disco del mundo. Siento pena por ellos. Acostumbran acariciar como si fuera el Santo Grial los afiches de Drake, Lee y Cohen que están ubicados estratégicamente en todos los ambientes de la casa. Repasan una y otra vez la colección de vinilos que tengo en la sala. Casi lloran de placer por todo lo que encuentran en mi refugio. Dicen que es un sitio en definitiva mágico, que algo ancestral se deja sentir en el ambiente. Yo les replico que eso viene desde las entrañas de la tierra y que simplemente somos médiums de las almas que se hallan cautivas en el lugar. Ellos asienten en silencio ante mis palabras.

Pocos pueden darse el lujo de contar que han grabado conmigo más de una vez. Rufus y Wayne figuran en este selecto grupo de habituales colaboradores. A ambos los ha salvado su excelente sentido del humor y su bien celebrada fama para combinar las camisas en su vestuario. A veces los llamo simplemente para invitarlos a tocar algunas canciones al piano. Coyne aprovecha en traer su burbuja al lago y jugamos durante la tarde al interior de ella. Wainwright acostumbra obsequiarnos generosamente un vino dulzón de principios del XIX, directo de la bodega familiar en Quebec. Cuando la fogata comienza a alumbrarnos iniciamos nuestra clásica reinterpretación del Forever Changes.

Muy distinta ha sido la suerte de la mayoría de músicos que han pedido mi protección. Los selecciono cuidadosamente. Leo algunos portales, escucho sus discos y declaraciones, incluso reviso sus videos. Luego bastan un par de comentarios, algunas llamadas a representantes y casas disqueras para que ellos mismos busquen mi ayuda. Escrupulosamente preparo la cabaña para cada uno de mis visitantes. Voy dejando por toda la casa elementos que tientan el ego y la vanidad de los artistas que llegan a ella para encontrar la ansiada inspiración. Con el tipo de Dirty Projectors, por ejemplo, bastó una rara edición de un diccionario arameo-catalán del siglo XVII para tenerlo a mi entera disposición. Mientras me comentaba su intención de realizar un álbum que celebrara la obra de Salinger y al mismo tiempo esbozara una exégesis de una antigua crónica cusqueña de inicios de la Colonia, Kesha comenzaba a sonar en los parlantes de la habitación. Su mueca de horror me recordó algún viejo ritual azteca. Mi carcajada apagada fue lo último que escuchó el nuevo Prince de Brooklyn. Llevé a Grizzly Bear a un nivel de epifanía inédito. Estallaron como juegos de artificio chino en un templo cercano a mi lago. Nunca escuché un coro de ángeles tan bien entonado. Tenté a Animal Collective mostrándoles un vinilo de finales de los 50 que recogía los sonidos de apareamiento de la fauna de Nueva Guinea. Panda Bear se ruborizó al inicio pero finalmente accedió a oírlo. Cuando el trío bajaba al sótano para su sesión final, les prometí que en esa jornada haríamos historia porque samplearíamos hasta a la propia muerte. No me equivoqué, ese álbum fue elegido disco del año y la década el día mismo de su póstuma edición.

Anoche terminé uno de mis mejores trabajos. Aún siento el efecto del ácido. He tenido que viajar y ver el otro lado para poder convencer a este grupo. Ellos querían captar la esencia de los setentas, tentar a la cultura de drogas de la época, recrearla con propiedad. Vale, teníamos que vivir nuestro propio Vanishing Point para conseguir el objetivo. Estos tipos son una gran familia, un colectivo, si hasta parecen la tropa malcriada que comandaban Peter Fonda y Dennis Hopper. Han cruzado el limbo fraternalmente, en unidad. La excursión final la han hecho luego de una maratón de gore italiano que organicé para generar la atmósfera ideal. Los gritos del coro de hadas opacaban el sonido de la última película de Argento que se proyectaba. Todavía las veo danzando frenéticamente y esparciendo sin cesar un rojo digno hacia las paredes de mi cuarto. La pira de cuerpos arde en la parte trasera de la cabaña y ya ha llegado a mi casa aquello que tanto tiempo he anhelado. Creo que descorcharé una de las botellas de Rufus, la ocasión lo amerita: Benjamin Gibbard llama a mi puerta esta mañana.

The Phenomenal Handclap Band “Baby”
Del álbum The Phenomenal Handclap Band (2009)

Bear in Heaven // Beast Rest Forth Mouth

La elección parece evidente: el espacio como objetivo, reproducir el sonido del nacimiento de una estrella, captar las frecuencias estelares y reproducirlas en tu garaje. No renegar del pop o la melodía, pero tener como principal foco de atención terrenos más cercanos a la experimentación y no a la inmediatez de ser la sensación del verano. Esa es la ruta tomada por Bear in Heaven.

El grupo de Brooklyn trabaja con las texturas. Se complace en generar atmósferas plagadas de efectos y reverberaciones. Sigue el legado de proyectos de inspiración retro futurista (Laika o el Stereolab más apegado al theremin), y asemeja su propuesta a la que actualmente perpetran los colectivos sónicos canadienses. Si miras a las estrellas también necesitas una dosis de Manchester, evocar el Berlín de finales de los 70 y retomar los silencios y estallidos instrumentales del primer Slint. Ahora sí, ya estás preparado para entrar en órbita.

Pero como Grizzly, Panda y Sea, estos Bear también añoran el paisaje terrestre, el paraíso melómano. Y a pesar de lo dicho anteriormente, retoman el sendero de la canción. Regresan a la Tierra: unos sintetizadores juguetones y unos coros inequívocamente pop los atan a la superficie, ya han dejado de flotar y solo se limitan a ladear la cabeza.

Bear in Heaven “Ultimate Satisfaction”
Del álbum Beast Rest Forth Mouth (2009)

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Holly Miranda // The Magician’s Private Library

Una fotografía fue el inicio de mi obsesión. Leí tu nombre y por eufonía recordé una tarea aplazada. Comencé a seguirte: divagué hacia Madrid, pero luego aterricé en Williamsburg. Nuevamente la bohemia neoyorquina. No me preguntes la diferencia entre un bar y una librería de Brooklyn, solo sé que de vez en cuando se deja escuchar una verdad entre tanto bullicio arty. Luego apareció tu voz. Silencio. Fuegos artificiales. Ciertamente, las palabras son el inicio del control.

Te he visto en movimiento. Vincent Moon ha sido el culpable. Robar un instante cualquiera y hacerlo eterno, convertir lo cotidiano en excepción es la tarea del artífice de La Blogotheque. Tu canto desnudo y cálido, sin arreglos innecesarios. Un violín in crescendo como cómplice para ver caer la tarde.

Eras la compañera de coro de Victoria Legrand, ella a veces callaba para no desentonar a tu lado. Sales de paseo con las gemelas de Múm y Kristín te pide que cantes para que el bosque brille como nunca con tu voz. Antes de grabar, buscas a Sierra y Bianca para escuchar Grace y Bryter Layter: cierran los ojos para que el beso y la canción nunca terminen.

Melodía y vanguardia. Pop etéreo, trompetas que estallan entre arrullos y guitarras encendidas para la excursión nocturna que me propones hoy, querida Holly. Una coqueta cajita musical para que el mundo enmudezca y solo se oiga tu voz.

Holly Miranda “Joints”
Del álbum The Magician’s Private Library (2010)

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Acrylics “All of the Fire”

El rumor de una radio FM viene directamente de los ochenta. Una slide guitar que durante tres minutos te recuerda la tradición de las college band norteamericanas de la década pasada. El sonido de Brooklyn (produce un Grizzly Bear) no es sinónimo de pretensión y barroquismo, en esta ocasión prima la delicadeza y el perfil bajo. La hipnosis corre a cargo de la deliciosa voz de Molly Shea.

Acrylics “All of the Fire”
Del EP  All of the Fire (2009)

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