Liz Fraser llega jadeante a la reunión y pide la primera ronda. En una esquina observa a M.I.A. tocando una vuvuzela mientras actualiza su twitter proclamando una nueva revolución. El happy hour se inicia cuando Katie White coloca su tema favorito de Lush en la rocola. Hijas del asfalto y el alcohol que contonean sus cuerpos esperando el amanecer. Hacia el final escucharán extenuadas a los pajaritos de Bangladesh.
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También el modelaje tiene subgéneros. Uno de ellos es el chic punk, donde tatuajes, piercings y cierto aire de peligro conviven con rostros perfectos y figuras estilizadas. Categoría que en parte satisface las necesidades publicitarias de vender rebeldía y calle, y que encuentra en las Suicide Girls su contraparte softcore. Pero los maniquís también son personas, y detrás de los trapos también puede haber necesidades artísticas, como las que hace algunos años animaron a tres modelos a formar una banda punk llamada llamada O.M.I. (debieron llamarse The Runways), proyecto que duró poco porque al final de cuentas era más jet set que experimental. Sin embargo, una de sus integrantes, la brasileña Isabel Ibsen, no quiso quedarse con la espina y se embarcó desde entonces en una serie de affaires musicales, el último de los cuales es Hunters. Probablemente un guiño al DIY, la breve pero contundente “Do It” es una suerte de hardcore de guitarras afiladas, estridencias vocales y coros a lo Raveonettes (o ya, a lo Jesus and Mary Chain, whatever). Más pogo que Vogue.
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El punto medio entre los delirios épicos de Arcade Fire y la adrenalina coral de Los Campesinos! se encuentra en Fang Island. Himnos frenéticos que parecen perpetrados por unos Animal Collective en clave rockera. Una síntesis del caos hecha canción.
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Seguiremos viviendo nuestro verano del amor. Declarando hasta el hartazgo que este nuevo álbum no contiene singles. Sin esperar complacer a un público insaciable que ansia repitamos el equilibrio imposible del primer disco. Seremos hedonistas y retorcidos.
En este tiempo sin dioses ni banderas, apostaremos nuevamente por el pastiche descarado. Ácido en las venas y bizarrismo en la pantalla. Saldremos de gira escuchando solo a Syd Barrett y Pixies. Los conservadores querrán censurarnos. Acusarnos de excéntricos o impostados. La crítica musical republicana dirá que ante la ausencia de ideas nos solazamos en collages disfuncionales y que no pasamos de ser un hype. Luego celebrarán el próximo disco de U2 y la vanguardia-pop-hecha-canción de Animal Collective.
Terror, ciencia ficción y espíritu amateur. Un festival de imágenes para los ilustrados que han leído Naked Lunch y visto Brazil. Hemos tomado nuevos disfraces para reírnos en sus caras. Ya no somos los hippies irónicos que se burlaban de la mierda mística. Nos convertiremos en el gran puppet master de esta generación, en los narradores de su absurda fiesta. Haremos una gran panorámica de este carnaval globalizado. Después, vía wifi, transmitiremos extasiados nuestro desarraigo.
Andrew y Ben dejaron su departamento en Brooklyn con las demos grabadas de su segundo disco. Habían decidido apagar las máquinas y fugar a Malibu. Solo querían perderse en el océano y olvidarse de los singles y las notas de prensa que explicaran el concepto de Congratulations. En las olas encontrarían las imágenes para completar esta nueva aventura.
En la espuma blanca se reflejaría Berlín. Verían a Ziggy pasear junto a otras entidades ansiosas por una nueva experiencia nocturna. Los sintetizadores y samplers cederían el protagonismo a una marea psicodélica más reposada. No abandonarían el glam, pero ahora las melodías escaparían de arreglos excesivos y lucirían su hermosa desnudez. Con risa burlona montan la siguiente ola y mantienen el cinismo de siempre para tomarse la foto que les corresponde como rock stars. Andrew solo atina a decir en la resaca del flash que ahora los cadáveres exquisitos se exhiben con elegancia en el blog de Kanye West.
No más singles. El viejo discurso del disco conceptual. El ácido como fiel aliado en la composición. El viaje místico, la reflexión sobre la fama y el sinsentido de la vida. La visión caleidoscópica que proyecta e intenta sintetizar cinco décadas de cultura pop. El rumor de una ola próxima a deshacerse en la orilla. California habrá cambiado a Costa Rica. Dave Fridmann se toma unas margaritas con Sonic Boom. Jennifer Herrema en estado catatónico, tumbada en la hamaca, ve toda la videografia de Lady Gaga. El gurú marcaría la trayectoria hacía el Círculo Polar Ártico. Esta vez Brian Eno acompaña a la dupla para su siguiente maniobra. Desde las estepas, Syd Barrett y Arthur Lee escuchan extasiados doce minutos convertidos en canción. Es el momento de entrar en rotación.
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Alexander Mc Queen ha diseñado el vestuario para el remake de Barbarella. La odisea esta vez no se desarrolla en el espacio sino en Brooklyn, entre los desechos industriales que comparten el lugar con las bandas y bares que no dejan de aparecer. Tres chicos y tres chicas a los que les gusta disfrazarse forman parte de este carnaval. Mallas y tacones, glamour y licor barato. Madrugadas neoyorquinas donde se van ahogando las descargas de la nueva promesa surgida del underground yonqui. Las jeringas cruzan el aire y una máscara desgastada se estrella contra el sillón antes que todos los instrumentos sean abandonados buscando una próxima dosis.
Princesas de risas burlonas, payasos sin alma, adivinos desesperados por conseguir roomate para conservar el alquiler del piso en Williamsburg; todos ansían un poco de evasión esta noche. Los Black Lips ruedan a los pies de las cantantes de Golden Triangle. Vashti y Carly juguetean con sus copas aguardando el turno para tocar. Un blogger completamente sobrio y aparentemente desvelado se acerca a las chicas y les pregunta si el nombre del grupo es un guiño al lugar donde se produce la mayor parte del opio que circula en esa fiesta. Un tren fantasma arrolla al curioso y ellas retocan su maquillaje antes de empezar la performance.
El rockabilly no da tregua. Un cavernícola es agitado de un lado a otro de la sala. John Waters en versión albina se acomoda el mostacho y celebra la llegada del amanecer encendiendo un puro frente al neón. El cuero brilla en el escenario y envía un reflejo decadente a los sedientos de garage. Jay Reatard desde el backstage observa detenidamente los taco aguja de sus cómplices y desea que este carrusel no deje de girar hasta que el sol anuncie el final.
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