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Pearl Jam en concierto

Escribe Wilfredo Oliveros

Jiffy Lube Live, Virginia, EE.UU. 13 de mayo

Ciertas bandas están hechas para tocar en vivo: cuando otras muestran los hilos de las bastas por la superproducción en estudio, la tirantez entre los miembros, o el inevitable pechofrío de los años de tocar y tocar “With or Without You” (toma ahi!), es allí donde los Pearl Jam muestran el nervio para manejar un estadio como si se tratase de un club y tocar como si fuera el último show de sus vidas, sin otra razón que el estar pasándola tanto o mejor que los 25 mil que tienen al frente; y eso es algo que te deja absorto, anodadado, rendido.

Los Band of Horses abrieron el show con tres discos a cuestas (y dos discos de Lynyrd Skynyrd y Willie Nelson en la maleta) y con su mezcla impecable de indie rock, bluegrass y folk hicieron que los 45 minutos del set queden cortos y que quien suscribe se baje sus tres discos mientras termina esta crónica.

Tras escuchar como antesala y por minutos parte del soundtrack de The Hours (Phillip Glass resultó haber sido de Baltimore), Eddie Vedder sale relajado con su librito de letras, su limonada y un polo que compró cuando tenia 19 años, saluda al público respetuosamente y en prima nomás dispara “Elderly Woman Behind the Counter in A Small Town”, cogiéndonos con la guardia baja, haciéndonos rugir instantáneamente como si se tratase de un gran final y logrando que se nos quiebre la voz al gritar “I just want to scream… Hello…”

Estos viejos zorros hacen del setlist su mejor arma para dominar a un público que reconoce su gran vuelta al ruedo con “Backspacer” y la vigorosa “The Fixer” pero sin desconocer que los himnos deben ser entonados (“Better Man”, “Black”, “Alive”), Eddie y McCready van cogiendo viada y sueltan la joya escondida del No Code, “Present Tense”, haciendo que la gente alce los brazos esperando atrapar el momento.

El concierto se divide en tres estados: cuando Vedder se deja llevar por su espíritu trovador y deja entrar aire a sus pulmones (“Just Breathe”: el certificado de que Eddie será invitado al cumpleaños de Neil Young), cuando bota todo el aire que le queda y brama poniendo en jaque a sus cuerdas vocales, fiel a esa casta de aquellos que cantan desde las entrañas, con una texturizada voz barítona que puede llenar cada rincón del estadio y retumbar en tu pecho como si fuera un gong (“Spin The Black Circle”, “Do The Evolution”), y cuando la banda en conjunto se deja llevar por sí misma tocando en círculo cerrado como si se tratase de un ensayo y dejando que el genio de MCready se explaye (“Evenflow”, “Yellow Ledbetter”, con un cierre de concierto con devoción a Hendrix) mientras Ament, Gossard y Matt Cameron -quien le puso el ritmo a Soundgarden- lo siguen atentos, aunque sabiendo que a donde los lleve no podrá ser un mal lugar.

Si bien han pasado 20 años desde que el Ten, el grunge y esa especie de criaturas con camisas de franela y look resina poblaran la TV, radio y los walkman de muchos (no sonrías socarronamente, que no estás tan joven como para no acordarte), los Pearl Jam se han mantenido en sus trece, siendo fieles a su legado setentero y al hacer de la performance la mayor de sus virtudes y carta de presentación, cohesionados por tres horas y dos encores, sin importarles que prendan las luces, buscando ser los últimos en irse y hacer de una sincera puesta en escena su marca registrada. Y es que son cosas de la evolución, sólo el más fuerte sobrevive.

A Papá Noel con cariño

Hola Guigsy:

En una nueva muestra de la frescura que me caracteriza (algunos le dicen conchudez) te propongo escribir una crónica del concierto de Oasis en Lima. Yo no me atrevería a hacerla, porque siendo sinceros, yo dejé de creer en Noel para el tercer disco: fue retirado del lugar que ocupaba en mi altar british junto a Damon y Jarvis. Recién me recuperaron con la psicodelia de Dig Out Your Soul (aunque calentando motores para el concierto del jueves me di cuenta que para Don’t Believe the Truth el maestro ya había regresado por sus fueros) y por eso pagué el capricho de la reventa. Seguro que tú también disfrutaste la tocada de los Gallagher. A mí me pareció de puta madre: Noel es el puto amo. Dio gusto ver a la generación que vivió su adolescencia con el Definitely Maybe o (What’s the Story) Morning Glory (snif, o sea la mía) gozar con este súper grupo en casa. Porque uno escuchaba a Oasis o Nirvana cuando tenía 14 o 15 años (dichosos los monjes que lactaron Autechre o Stockhausen desde la cuna), uno se vacilaba, chupaba y vivía con esa banda sonora de fondo. Como te habrás dado cuenta,  el concierto de los ingleses fue mucho más que un ejercicio de nostalgia para mí. Quedé sin voz. Cuando la distorsión de “I am the Walrus” aún no se disipaba no lo podía creer: había cantado (disculpa que lo considere el hito de la noche, pero es una cuestión personal) y saltado “Supersonic” en el Nacional. Vuelvo a creer en Oasis…

Bambino Pons

Hola Bambino:

Yo también quedé afonicazo durante varios días tras tremendo concierto. Todo estuvo de la putísima madre: el sonido, la forma en que tocaron, el repertorio (salvo la omisión ya anunciada de la canción que todos queríamos cantar) y hasta las frases inentendibles de Noel, en su inglés tan peculiar y lumpenesco. Cuando sonaban tan contundentes y psicodélicos (los temas de los últimos cuatro discos sonaron mejor ensamblados que los clásicos de siempre, me pareció) me di cuenta por vez primera de la gran diferencia entre los que han inventado toda historia y los wannabes de nuestros países. ¡Oasis rockeaba! y en una vena muy distinta a la de, por ejemplo, los New York Dolls, que también dieron una clase de lo que es este género tan vilipendiado. Lo de los Gallagher y compañía era la quintaesencia del rock británico, acuñado como tal por Beatles, Kinks y Stones, entre otras madres del cordero: una suma de influencias de lo más diversas que fluyen con naturalidad. En el caso de Oasis, eran de la putísima madre los climas que con las guitarras les daban a esas canciones tan perfectas. Una lección para todos… Y ni hablar de las visuales. ¡Lo de Soda Stereo quedó como un pan chapla envuelto para encomienda! Las imágenes surrealistas, precisas. ¡Fue la cagadita! Hemos sido afortunados de poder verlos y ojalá que alguna vez regresen…

Guigsy

Hathaways, del indie al Ande

Todos tienen su guitarrita. Los rusos tienen la balalaika. Los sureños de Estados Unidos, el banjo. Los italianos, la mandolina. Los hawaianos, el ukulele. Los brasileños, el cavaquinho. Los Hathaways, el charango.

Y si para las guitarritas en el principio fue el laúd, para Kate Hathaway todo comenzó con sus estudios de etnomusicología en la universidad de Illinois, donde un profesor puso por primera vez en sus manos ese pequeño instrumento cuyo origen se disputan Perú y Bolivia. Hathaway, quien ya tenía cierto recorrido como cantante y compositora desde que empezara a tocar la guitarra a los 13 años, se enamoró de inmediato del charango. Romance que no tardaría en concretarse en canciones originales junto a su hermano menor James (a cargo de la guitarra), algunas de las cuales fueron reunidas en un EP titulado Hand Me Down.

Pero que no haya confusión, esto no es fusión. Aunque hay momentos en este disco, de estirpe más indie que india, en que el característico timbre del charango remite de inmediato a la tristeza andina (como en “Panda Sorrow Part One”), la mayor parte del tiempo su presencia no se siente “exótica”, sino más bien más orgánica (como en “The Experiment”). Sí, es indie folk, o, si quieren, charangocore.

Los Hathaway están en Lima desde hace algunos días (lástima que no viniera Anne), realizando diversas presentaciones, y todo parece indicar que se quedarán en nuestras tierras por un buen tiempo, viviendo la vida local.  ¿Hathaway en quechua no será huacatay?

Hathaways “Panda Sorrow Part One”
Del EP Hand Me Down (2008)

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Beach House en Roma

por Pepe Barreto

Beach House. Roma. Circolo degli Artisti. 25.11.2008

Son casi las 10 de la noche y debo salir. El autobús llega y alentado por la falta de tráfico, viaja raudo y me deja en mi destino: lo que queda de un viejo acueducto romano. Paso por el costado de un arco de piedra en la via Casilina Vecchia y pocos pasos después me encuentro en la puerta del Circolo. El centro de reunión por excelencia del arty romano. La sala de conciertos-exposiciones-happenings (y pizzeria) más concurrida por esa gente de extraño pelaje y raros peinados nuevos. Y Roma es una ciudad arty, créanme. Uno piensa “si has visto uno, los has visto a todos” pero ello es transitar un camino equivocado. Ser arty en Roma tiene otra connotación. Se nota en la mirada lánguida (pero sorprendentemente chispeante), en la manera de vestir descuidada (pero notoriamente estilizada), en la actitud displicente (pero curiosamente desafiante). Muy lejos de lo que nos muestran las series de televisión americanas o de las versiones locales. Por eso, cuando vez salir a un espécimen auténtico del otro lado del océano, de esos que pueblan (o deben poblar) el Soho en NYC y salir en todos los números del Village Voice, tu reacción no puede ser otra que el desconcierto. El mismo que debe probar Jana Hunter, la amiga y telonera de los Beach House, al ver esta cantidad de rostros que la miran y que, evidentemente, no conocen su material. Casi una versión femenina de J. Mascis de Dinosaur Jr, su pinta es envidiable: pelo largo y descuidado, polo negro de manga corta, jean suelto, lentes gruesos. Poca empatía en el escenario. Hastío ante todo lo que parezca interacción con el público. La esencia pura del indie delante de ti: todo en ella grita “cuatro canales”. Con sus canciones perezosas y rítmicas, el show es pequeño, minimalista, descarnado. Apoyada alternadamente por los integrantes de Beach House, desarrolla una performance que va de menos a más, un tanto desangelada pero que recoge los tímidos aplausos del público ante unos temas que suenan mejor cuando cuentan con los arreglos de rigor y unos silbidos que los rodean de un especial encanto.

La gente, sin embargo, está más preocupada por ver a Beach House. A sentir su particular sonido, sacro, trascendente, conventual, lleno de ese phatos crepuscular que es el santo y seña de la banda: culpa y expiación en clave analógica. Y es lo que la gente recibe. Y lo que reciben ellos de la gente. Devoción. Cromáticamente emparentados con las luces del local (su vestuario hace juego con las mismas), Victoria Legrand y Alex Scally salen al escenario y empiezan su show sin mediar palabra. “You Came to Me” es la elegida para empezar la velada. En la soledad del escenario, con el apoyo de tan solo un baterista, podemos ver el delicado equilibrio sobre el que se construyen las canciones de Beach House: lo espectacular de la voz de la Legrand, Nico rediviva, y ese órgano perpetuo que le otorga a la banda su sonido característico, hace que olvidemos que estas canciones descansan (y dependen) del entramado de programaciones y contrapuntos guitarreros que Scally sabe manejar con singular talento. Un trabajo silencioso que la puesta en vivo nos ayuda a tomar en debida cuenta. En medio de la seriedad de la melodía, la tenue luz del escenario hace que resalten los juegos de luces hechos de puntos azules y rojos, a veces violetas, a veces granates. Es una grata sensación. Cuando acaba la canción, los ruidosos aplausos del público parecen sorprender a la banda. Siguen el show con “D.A.R.L.I.N.G.”. A mitad de camino entre Mazzy Star y los Beach Boys, la canción es perfecta para crear esa atmósfera de melancólico abandono que caracteriza los temas menos graves del grupo y el auditorio lo entiende así. La calidad lisérgica del tema (“Hawai en ácidos” dice la gente de la revista y razón no les falta) hace que nos perdamos cada vez más en los pliegues de su sonido. Unas luces más marcadas y un ambiente mucho más difuminado hacen parecer que el concierto se desarrollase en una pequeña y oscura iglesia. De esas muchas (decenas y cientos) que hay acá en Roma. El ambiente ideal para una banda como Beach House. Las luces, unos momentos azules, otro instante rojas, tiñen con sus colores las siluetas de dos personas que se mueven en el escenario cadenciosa y torpemente, como si lo hiciesen en la superficie de algún lugar sin gravedad. Como si jugando al fútbol sobre la esponjosa corteza de la Luna se dieran interminables partidos con gente que viste la camiseta del San Lorenzo, la del Barcelona, la del Bologna. O al menos que lo parecen.

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R.E.M. en Lima: no, en serio (2da. parte)

¡The Band I Love!
REM en Lima y nosotros en el cielo (II)

Luego que un numeroso staff de plomos reajustara en aproximadamente quince minutos buena parte del instrumental ubicado en el escenario, fue el turno de Travis, la verdadera gran sorpresa de la noche.

El calificativo no es gratuito. A pesar de sus esfuerzos, la banda escocesa no ha podido despegarse del todo de la etiqueta de soft rock que se le endilgó tras alcanzar el éxito a nivel masivo.

Que se les hermane con grupos tipo Coldplay y con el sonido fácil-de-escuchar de ciertas radios de FM nunca le hizo mucha gracia al cuarteto (que para este festival tuvo a un guitarrista de apoyo), sobre todo pasada la euforia y las ventas generada por los melódicos lamentos contenidos en The Man Who y The Invisible Band, sus discos más populares. Desde entonces han tratado de retomar en alguna medida aquellas raíces rockeras que los distinguían cuando aparecieron hace más de diez años.

Esa puede haber sido una de las razones por las que Travis inició su set en el Lima Hot Festival con la estupenda “Selfish Jean”, de su penúltimo disco; un tema cuya encantadora simplicidad y energía (ilustrado con un divertido y casi amateur video clip) los acercó a ese indie rock norteamericano del cual su muy reciente Ode To J. Smith toma algunas lecciones. Así, de pronto, teníamos sobre el escenario a una banda que sonaba con una contundencia rockera que no dejaba espacio para la indiferencia del público; algo derivado sin duda del buen quehacer de sus miembros pero también de un uso adecuado de la consola de sonido.

A diferencia de las bandas locales, las guitarras de Travis sonaban poderosas y con el volumen adecuado para un estadio. Fue un hecho que –para “variar”- las bandas foráneas tuvieron un mejor trato en lo que respecta al manejo del equipo; una tara que es recurrente en todos los países, pero que acá ya llega a niveles extremos y frente a la cual queda pendiente una reacción.

La potencia y energía iniciales de los escoceses se mantuvo a lo largo de todo el concierto, desconcertando a quienes tan solo unas horas antes hacíamos votos para que acortaran lo más posible su set y recurrieran al menor número de baladitas posible para ganarse al público; aunque en realidad el número de incondicionales suyos en la audiencia era bastante numeroso, a juzgar por los comentarios escuchados previamente (fue antes de que todo empezara, tras oír a un par de muchachones ponderar mejor las virtudes de Fran Healy y sus socios que las de REM, cuando decidí que era momento de empezar a ingerir cerveza…).

El ímpetu que le pusieron a cada tema (inclusive a la lectura totalmente acústica de “Flowers in the Window”, cantada a coro por todos los integrantes puestos de pie) y el carisma y buen oficio de todo el grupo -especialmente de Healy y del bajista Doug Payne (quienes jugaron con el público a su antojo)- le ganaron la batalla al escepticismo. El mío sacó la bandera blanca cuando el vocalista empezó a frasear la genial “All I Want I Do Is Rock” de su primer disco, Good Feeling, cuyo tema título también tocaron, trayendo a la memoria una época en la que el pop/rock para las masas hecho en el Reino Unido aún guardaba cierta dignidad.

Antes de ello varios nos vimos repitiendo los efectivos coros de canciones como “Sing”, “Re-Offender” o “Side”, alguna vez aprendidos inconscientemente gracias a la radio y luego abandonados en algún polvoriento desván mental. Todas ellas, al igual que “Turn” y “Why Does It Always Rain on Me?” (previsibles remates para un verdadero “faenón”), fueron interpretadas con harta convicción y sin fisuras; como debe ser. ¿Algún reproche? No tocaron “The Beautiful Occupation”. Por lo demás, todo estuvo OK gracias a las equilibradas dosis de profesionalismo y espíritu rockero que nos suministraron.

A la retirada de los escoceses le siguió la aparición de un ejército de “plomos” que en cuestión de minutos desvalijaron todo el escenario para reacomodarlo a la medida del grupo de fondo. Quizás haya sido en ese punto en que desapareció la bandera del Perú con una estrella roja en el medio muy semejante a la de cierto grupo político, pero que en el centro llevaba una “T”, colgada sobre un parlante por -¿no lo adivinan aún?- los Turbopótamos. Lo cierto es que lo de Travis fue tan positivamente desconcertante que ni me fijé si durante su set ésta continuó en ese lugar.

Casi un cuarto de horas después, las luces se apagaron, provocando que diversos personajillos de la farándula limeña dejaran de “figuretear” y corrieran con sus vasos de cerveza en la mano a ubicarse entre el gentío. Afortunadamente para entonces el estadio ya estaba bastante lleno (los alarmantes y enormes vacíos vistos cuando el festival empezó, ahora eran escasos). Un amigo y colega me dice que voltee la cabeza y mi mirada se topa con la estampa del embajador estadounidense en Lima, acompañado por otras dos personas que felizmente no tienen pinta de ser sus guardaespaldas. Todos –ellos, nosotros y los demás 30 y tantos mil concurrentes- miran expectantes al escenario y a la enorme pantalla que se enciende al fondo de éste para mostrar imágenes en video de calles de una metrópoli similar a la que aparece en la portada de su último disco.

De pronto salen los REM, con un Michael Stipe que se asoma al último, elegante y casual como siempre (siempre lo será, con o sin el auspicio de Lacoste), y se desata una larga y atronadora ovación, mientras la banda empieza el concierto con la acelerada “Living Well Is the Best Revenge”, precisamente la canción No. 1 de Accelerate. El pelado, Mike Mills y Peter Buck (además de un pequeño contingente de músicos de apoyo) están allí al frente y ya no en un video o en una revista. Sin duda un momento trascendental… Pero no hay tiempo para pensar ni para ponerse reflexivo porque el ritmo es frenético y el sonido (tras superar un pequeño bache en una de las guitarras) atronador. “I Took Your Name” seguiría, junto a “What’s the Frequency, Kenneth?”. Por fin algo que un poco más de gente reconoce. Seguro son muchos los que empezaron a gustar de la banda con Monster, el disco con el que hicieron suyo el lenguaje de la distorsión guitarrera noventera. Otros, por cuestión de edad, lo hicimos con Fables of the Reconstruction o Lifes Rich Pageant,

Es en este punto precisamente cuando aparece el clásico y añejo “Driver 8″ (“un pedido del piloto del avión que nos trajo aquí”, dijo Stipe) el primer golpe emocional que propinan; tan fuerte que me dejan pensando si en efecto estar escuchando esa canción en vivo es parte de la realidad o tan solo una ilusión (más tarde y creo que hasta un par de veces, nos haríamos la misma pregunta en voz alta, espontáneamente y en pleno concierto con el just married Wilfredo Oliveros, otro de los 69 boys presente en este magno acontecimiento).

El segundo puñetazo viene ahí no más con “Drive”, esa canción que siempre me pareció aludir juntas a la incertidumbre y a la música (no fue casual que apareciera cuando la muerte de Cobain aún ensombrecía la escena del rock mal llamado “alternativo” y las vidas de aquellos tontos que nos solemos tomar estas cosas muy en serio). Esta vez su triste belleza resonó en las paredes del estadio y no en las de nuestros cuartos… “Tick… tock… tick… tock…”, coreábamos todos mientras levantábamos el brazo siguiendo los movimientos de Stipe… “Hey kids, rock’n'roll, nobody tells you where you go, baby”…La pregunta vuelve ahora porque uno no está acostumbrado a que las cosas sean tan perfectas en esta vida: ¿fue real ese momento?

Una dedicatoria a Barack Obama trae las cosas a la Tierra. Suena “Man Sized-Wreath” (el mejor y más potente tema de Accelerate) mientras en la pantalla aparece la leyenda “Obamatic for the people”) y le sigue una contundente “Ignoreland” (si no recuerdo mal, Automatic for the People, donde está dicha canción, fue el álbum del que más temas tocaron). Stipe se la dedica al saliente presidente George W. Bush con una puya incluida y yo quisiera ver como lo toma el embajador, pero ya estoy felizmente estrujado en medio del gentío y no puedo ni voltear bien la cabeza.

Los más jóvenes (también me uno a ellos saltando) celebran emocionados “Imitation of Life” cantándola de cabo a rabo, y me pongo a pensar en el carácter “intergeneracional” que tiene la banda y en su carácter de clásicos en vida; pero felizmente “Electrolite” y el pedido de Stipe de que todos iluminen la noche con sus cámaras y celulares, corta tan monses reflexiones. Se viene un momento de calma, empezando con la preciosa “The Great Beyond” (del soundtrack de Man on the Moon que por mi sitio sólo identificó el super fan Oliveros) y la esperadísima “Everybody Hurts” que me deja al final con la garganta resentida. No ayuda mucho a recuperar bien el habla que el grupo se lance con una impresionante “The One I Love”, pero poco importa si la voz se quiere ir; igual la canto, la cantamos, la saltamos y la empujamos todos.

Entre tanto movimiento vemos con retraso que Stipe ha bajado del escenario y canta, saluda y se estrecha las manos con los afortunados que, por llegar al Estadio a las 10 de la mañana, están en las primeras filas y pugnan algunos, desubicados o demasiado emocionados, por tocarle la pelada. ¡Malditos suertudos!

“Sweetness Follows” (otra de las joyas de Automatic…) inicia un set en el que el piano cobra protagonismo y la distorsión se va a descansar. “Let Me In” le sigue y todo se torna aun más bonito. La más reciente “Bad Day” nos saca de los años 90 y precede a otro de los grandes momentos de la noche: un “Orange Crush” casi de garage que desemboca en “It’s the End of the World as We Know It” y en un pogo (tal vez el único de verdad que hubo esa noche en la zona en la que estuve) que, entre otras cosas, también podría calificarse de fraternal, por la buena onda percibida y porque desconocidos totales se tomaban de los hombros para saltar juntos mientras cantaban a voz en cuello, como si fuesen “patas” de toda la vida.

Pero la felicidad inmensa de ese momento se vio frenada por la despedida del grupo. A su partida hacia camerinos siguió una estentórea barra futbolera (“olé, olé, olé, olé”, etc); la más imponente de todos los últimos conciertos internacionales celebrados en Lima. Los REM retornaron casi al toque con la reciente y efectiva “Supernatural Superserious”, encajándonos luego “Losing My Religion”, felizmente con la banda en pleno y no en la versión exclusiva para mandolina que interpretaron en otros puntos de su gira. Stipe recompensó el entusiasmo mayúsculo mostrado hacia esta canción por la concurrencia lanzándose sobre ella y recibiendo a cambio una bandera del Perú. Tras ello parecía que el concierto no podía ir para más arriba. Craso error, porque arrancó “Fall On Me”, una de las canciones favoritas de mi vida por lo que expresa, por como suena y porque por su ambigüedad y tono angustioso siempre la sentí como un himno a mi incertidumbre adolescente. Traté de no gritarla para escuchar a Stipe cantarla, pero no pude. Traté de no moverme para ver por fin a sus autores tocarla, tras más de veinte años de escucharla en radio, casetes copiados, videos y CD, pero me fue imposible. Fue el momento del concierto que más intensamente viví. Despojado de todo cinismo me sentí nuevamente aliviado por la música y transportado hacia un lugar mejor, como cuando esta hace tanto tiempo parecía darme respuestas para salir de los hoyos de depresión en los que solía caer.

La energía continuó con una “She Just Wants to Be” que presentó el mejor trabajo de guitarra de Buck en todo el concierto. Las ovaciones no se hicieron esperar a pesar de no ser uno de los temas más populares de su repertorio. Obviamente el reconocimiento fue originado por la estupenda intervención del guitarrista y por la contundencia mostrada por toda la banda (incluido Stipe, quien, de espaldas a la audiencia, desarrolló aquí sus pasos de baile más andróginos).

La intensidad se mantuvo, más sosegada, en “Man on the Moon”, una de las canciones más hermosas del siglo pasado, que marcó el final del concierto y fue cantada por todos con los restos de voz que todavía nos quedaban. La sorpresa final la daría Peter Buck, quien en vez de seguir a todo el grupo a los camerinos se quedó un minuto más en el escenario para levantar una copa y decir frente a un micrófono “¡pisco sour!”, antes de desaparecer y seguramente sumergirse en algún otro brindis.

Al salir del estadio, viendo con alegría los rostros de perfectos desconocidos y de amigos de toda la vida iluminados por el júbilo, la nostalgia por lo ocurrido tan solo unos minutos antes empezó a molestar. Hasta ahora, ya pasados algunos días, lo hace, sin que ese escepticismo con el que convivo cotidianamente haga algo al respecto o busque algunos defectos que la aplaquen y que hicieran finalmente que esta crónica sobre el concierto de REM tenga por lo menos un ángulo distinto y más original que el que supongo tienen y tendrán las que ya se han escrito o están por escribirse.

Recurrir a ciertos amigos que la pegan de exquisitos para que me den sus listados de deficiencias y quejas y así trabajar algo más “sabroso” no fue fructífero. Por eso es que, finalmente, le di un empujón a mi objetividad para que se hiciera a un lado y me dejara expresar sin rubores mi admiración y cariño a esta mágica banda.

Ahora sólo espero que no se resienta y alguna vez vuelva. FIDEL M. GUTIÉRREZ

R.E.M. en Lima: no, en serio (1ra. parte)

¡The Band I Love!
REM en Lima y nosotros en el cielo (I)

Si en estos tres días escuchaste a alguien criticar negativamente el concierto que REM dio en Lima el viernes te mereces un premio. Seguro que ni tus amigos más snobs ni puntillosos lo han hecho. Por lo menos los míos no. A lo sumo alguno apuntó un desajuste en las guitarras al comienzo, pero no más. Todo lo demás fue un listado de virtudes y de buenos momentos. Resulta un alivio que gente tan autoconsciente y pecho-frío se muestre mínimamente emocionada por un instante de música en vivo, pero también asusta tanto consenso y armonía de opiniones en esta olla de grillos que es el rock (y la vida) en la capital. Ni siquiera la mágica presentación de Jesus and Mary Chain la semana anterior estuvo exenta de maleteos (el mío fue para la acústica del local, tan buena como la que hay debajo de mi mesa), pero esta vez todo –para TODOS- fue irreprochable.

Eso no deja de ser peligroso. Ya algunos (me incluyo) empezamos a adoptar un tonito solemne (y por ende, cojudo) al hablar del asunto. Es que, sinceramente, cada vez resulta más difícil evitar los adjetivos y frases tipo “el mejor concierto de mi vida” o “antes y después”. Supongo que durante un buen tiempo también resultará trabajoso olvidar las emociones suscitadas al escuchar durante más de dos horas, en vivo y con un estupendo sonido canciones que –a pesar de hablar a la vez de todo y nada- siempre parecieron acompañarte y abrirle a tu soledad puertas que conducían a lugares menos desolados que tu espíritu y que… ¡Oh, no!… ¿Ya ven?

Mejor será ir a lo factual, aunque –ya secándome la baba- confieso haber sentido una emoción especial ni bien mi vista se topó con el enorme escenario…¡Iba a ver a Michel Stipe a pocos metros de mi!… Esa buena vibra y la alegría de divisar a algunos amigos apostados un poco más adelante (madrugadores son algunos) fue desvaneciéndose al entrar en contacto con los dichos y actitudes de un vasto sector de la audiencia apostada en ésta, la ubicación más preferencial posible (Stand); gente aparentemente más acostumbrada a la comodidad de una mesa en La Estación de Barranco o el Jazz Zone que a los ajetreos de un concierto de rock, que pretendía imponer los usos y costumbres de lugares como esos con actitudes tan monses como las de “separar sitio” para sus amigos o enamoradas que aún debían estar pidiendo permiso en la oficina y escogiendo las botas que se pondrían. Felizmente los fuertes amagos de pogo que se desataron durante el show de los norteamericanos espantaron a estos bichos.

Pero no nos adelantemos. Media hora después de lo pactado (parece que el Perú avanza en lo que a puntualidad se refiere) aparecían Turbopótamos sobre el enorme escenario. Su set –al igual que el de la siguiente banda nacional- se caracterizó por el handicap de un sonido falto de vigor. ¿Cuestión de consolas? ¡De hecho! Pero pese a ello (y a una turbita de camarógrafos que recorrían el escenario de un lado a otro filmándolos, como si fueran parte del grupo) la banda, muy bien reforzada por vientos y percusión, desarrolló un set parejo en el que uno de los puntos más altos fue “La Chola”, mi favorita. Aparentemente Humberto Campodónico disfrazó los nervios con su habitual desfachatez y en determinado momento se adueñó del escenario y hasta jugó al rock star acercándose al público y haciendo poses con la guitarra… Pese a ello, sólo un sector de la audiencia (en ese entonces aún disminuida) lo respaldó, mientras otro -más grande- se mostró indiferente y un tercero celebró con insultos su despedida. Quizás las cosas todavía estaban muy frías. Tal vez a la mayoría le importaba poco las bandas nacionales. O quizás elegirlos no fue la mejor de las ideas.

El sonido de los Turbo, basado mayormente en el ska y de espíritu y letra festivas y sarcásticas en extremo, dista mucho de la abstracción rockera de REM y está aún más lejos de la sensibilidad light de Travis (para no mencionar los kilómetros que lo separan de Cementerio Club y de la tierna seriedad que hasta ese momento los caracterizaba). De hecho estaban en la fiesta equivocada y frente a una gente que tiene un concepto muy distinto al suyo de cómo debe ser El Rock. Por eso era para reírse (aunque más para renegar) ver cómo les cambiaba la cara a varios cuando le ponían un mínimo de atención a letras como las de “Ratón Matón”… Lo bueno de todo ello es que ahora un montón más de gente sabe de su existencia.

Pocos minutos después, aparecieron los cuatro Cementerio Club, acompañados por un pelilargo tecladista (¿por qué romper así la tradición de tener una agraciada invitada cumpliendo ese papel? ¡Exigimos reposición!). Al inicio (con “Inmortales”) el sonido se notó más precario que con Turbopótamos, mejorando un poco luego, pero estropeándose justo en “Barco Viejo”, canción en la que el micrófono se le apagó a Pedro Solano. ¿Será ese percance el que desencadenó lo que vino? Queda pendiente preguntárselo.

En vez de exponer ante la audiencia más grande que jamás hayan tenido lo mejor de su sólido repertorio, los CC arremetieron con la versión de “All Day and All of the Night” de The Kinks que suelen hacer cuando se presentan en Barranco. En el medio, Solano soltó insistentemente una suerte de arengas anti reggaeton y pro rock francamente innecesarias. La inclusión en medio de ese tumulto (“cosas raras están sucediendo aquí” dijo un Oscar García tan anonadado como nosotros) del “Demolición” de Los Saicos pareció anunciar el retorno a la sensatez. Craso error. Solano se embutió en la cabeza la peluca beatle que utiliza cuando el grupo realiza sus sets-tributo a los Fab Four para seguir abucheando al reggaeton y terminar lanzando vivas al Perú y al rock and roll… Felizmente una correcta “No Puedo Esperar”, cantada por José Arbulú, puso fin al asunto.

¿Cuántos de los asistentes se habrán llevado una buena impresión de todo esto? ¿Habrá a partir de ahora más gente pidiendo los discos de Cementerio Club en las tiendas o bajándoselos de Internet? De hecho que no y ello es lamentable en extremo porque se trata de una de las bandas más estimables y persistentes de la escena limeña. Esa condición, por diversas circunstancias, lo reconocía una minoría, pero ahora, tras el dislate de Solano, habrá una mayoría que creerá saber a ciencia cierta que el cuarteto no más que una suerte de Nosequién y los Nosecuántos.

Luego que un numeroso staff de plomos reajustara en aproximadamente quince minutos buena parte del instrumental ubicado en el escenario, fue el turno de Travis, la verdadera gran sorpresa de la noche. FIDEL M. GUTIÉRREZ