Debe haber algo irrefrenablemente placentero en imaginar el modo en que un día los seres humanos terminaremos por despedazarnos los unos a los otros. Y, desde luego, en cómo sería la vida después de ello (si es que aún hay vida, claro). De otro modo, no existirían tantas fantasías post apocalípticas trajinando el dilatado imaginario de la cultura pop. Pulsión de muerte, que le llaman. Demasiados libros y películas ya han abundado en el tema como para perder el tiempo en explicaciones que no son tales. Y como la historia está constantemente plagiando a la ficción, cualquiera que haya visto alguna cinta de la saga Planet of the Apes sabe lo que va a pasar: viajaremos por el espacio-tiempo, perderemos las coordenadas del centro más próximo y así, rodeados de osciloscopios, extraviados de nosotros mismos, llegaremos a un planeta que entonces tomaremos por desconocido. La naturaleza inhóspita del lugar, el aire enviciado, la superficie desértica y ese océano sombrío nos engañarán por un tiempo e intentaremos consolarnos evocando nuestro reino perdido. Pero luego, abrumados por los indicios, sabremos que no pisamos un planeta extraño, que siempre estuvimos en casa.
El disco inicia como un caos. Se disparan infinitas piezas al vacío. Los beats cambian constantemente, el pulso pierde el control, las pupilas se dilatan y parece que el tornamesa recibe los ritmos del mundo y un DJ frenético quisiera construir con ellos un edificio perfectamente irregular, un tótem de sonido, una Babelia de melodías.
El viajero llega a Glastonbury tiende su carpa, toma la dosis y desde la colina ve atardecer envuelto en dub y una luz intermitente. Monterrey. Una playa de California. La mezquita de Córdoba. Arthur Lee escuchando The Turtles. El sol está en el pasado y sobre el sampler, el sacerdote va recitando su mantra. Su voz flota en el ambiente, se refugia en la distorsión y sugiere colores y formas diversas. Lo heterodoxo reina en el templo deGonjasufi, todas las sangres recorren los cuerpos y responden al llamado de la danza.
La oración se proclama devotamente en hip hop. El lenguaje va mutando. Colisiona con el rock. La banda sonora de Bollywood gira en torno al kraut y lo lleva por los aires y los suelos. Beck en su momento más desprolijo graba en un cuatro canales a la primera M.I.A. Hipnotizados y ebrios de amor creemos que el collage y la diversidad marcan el presente. La canción está enferma y suenan todas y una a la vez.
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Lo sé, querida. Aquel a quien aman los dioses muere joven. O enloquece. O contrae una enfermedad incurable y extraña. O tiene visiones de una armonía para siempre perdida y con ellas hace una música que invita abiertamente a la ensoñación, al desvarío. ¿Fuiste tú quien lo dijo mientras oíamos partituras de Danny Elfmann tumbados en la cama? ¿O fui yo, aquella noche en que se nos acabaron las historias de fantasmas contadas debajo de las sábanas, a la luz de las linternas, y decidiste desterrarme para siempre de tu cuarto?
Sólo entonces empezamos a vivir.
Porque nos cansamos de ser esos muchachos extravagantes sobre los que todo mundo tiene un rumor para contar. Porque nos cansamos de vagabundear en casas vacías que resultan ser nuestras. Porque nos cansamos de buscar el absoluto en las cintas de video, en los cassettes y no encontrar más que pedazos de algo que resplandece. Porque nos cansamos de lo hipnótico y lo lisérgico y lo onírico y de todas las palabras que la gente usa para decir cosas perfectamente indecibles. Porque siempre se puede planear una incursión nocturna a la calle premunidos de viejos discos de krautrock, encender alguna sombra y buscar estribillos en cada cruce de caminos. Porque todavía nos gusta esa tristeza que deviene en melodía, ese interregno donde la realidad queda suspendida y la experimentación se convierte en ensueño, en un leve sopor que nos abraza, que nos besa.
Ven, querida, ven a hundirte en este disco lleno de texturas, a naufragar en este océano saturado de sonidos. No habrá constelaciones que seguir y mucho menos viejos oráculos que nos guíen porque los dioses están mudos o muertos. He ahí la gran ironía en todo esto. Y la razón y la locura son parte del mismo principio que origina las cosas. Si aprietas play verás que este Logos no habla ni razona. Sólo resplandece.
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Hoy en día, época en la que bien parece que casi toda nueva banda inglesa nace con el único fin de aparecer en la portada de la NME, resulta gratificante poder encontrar todavía propuestas como las que representa Micachu & The Shapes, sorprendente acto británico que nos demuestra que incoherencia no es mala palabra. Y es que escuchar el Jewellery es mantenerse en constante intriga por saber qué iremos a escuchar en cada track que sigue. Puede que cada uno de los trucos utilizados no sean novedad; lo presentado aquí puede traer reminiscencias a bandas como Sonic Youth, Animal Collective e incluso al tan apreciado Beck de mediados de los noventa, pero en conjunto, sumado al ludismo pop y el grime inglés propio del estilo de Micachu, se convierte en uno de esos discos que fácilmente puedes amar u odiar. Los pocos detractores de Micachu argumentan que la carencia de un hilo fijo que enlace toda la producción y la poca seriedad con que ésta parece desarrollarse son los principales puntos débiles de este debut. Lo curioso es que son precisamente esos puntos los que, para muchos, hacen de éste un álbum notable: romper el orden lógico también puede ser divertido.
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