
Estar en la periferia y añorar el continente. Vivir en uno de los países más desarrollados del mundo y no permitir que eso anule tu sensibilidad. Consumir con devoción el riquísimo legado cultural francés y pretender (muy al estilo de la relación UK–USA) elaborar algo distinto que evite el cliché. Sonar cosmopolita y elegante cuando solo se ha mirado Louvre a través de Godard.
Guy Poplin acomete la ambiciosa tarea de aprehender la esencia del sonido galo desde Singapur. Sin caer en el disfuerzo, pasea con naturalidad por las calles parisinas y recoge el pulso de la ciudad: embriagándose de chanson, capturando la frescura y calidez de los arreglos y las instrumentaciones de Gainsbourg. Absorbe el ánimo juguetón y rupturista de la nouvelle vague para incorporar en un delicado collage: bossa nova, chamber pop y jazz. Toma una fotografía a contraluz y queda alelado por el cerquillo caprichoso de una chica yéyé.
La mujer es el centro de esta obra. O mejor dicho cuatro mujeres que se corresponden con cada una de las canciones que la componen. Las imágenes se alternan y los escenarios, como las emociones, van cambiando. El esteta solo observa. Ellas susurran su alegría y tararean la esperanza. Las melodías son colores tan vistosos como los vestidos orientales que reflejan el sol de marzo. El compositor busca desesperadamente una oquedad para poder callar.
Poplin “Une Débutante Au Jeu” (con Bridget Low)
Del EP Une Débutante Au Jeu (2010)
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