Thelma, Louise et Chantal es la nueva película de Jane Birkin (sí, la madre de Charlotte). Una road movie al estilo francés, pero con ingredientes de Desperate Housewives. El principal atractivo de la cinta, sin embargo, está en su soundtrack, que además de incluir a la pareja de Gainsbourg en el año erótico, contiene la más reciente colaboración entre Benjamin Biolay, el nuevo niño mimado de la chanson, y Keren Ann. Ambos hacen suyo un tema de Johnny Hallyday, el Elvis francés. Como en el pasado (Biolay escribió dos álbumes para la cantante asentada en Nueva York), la dupla lleva el clásico sesentero a su terreno: delicados arreglos de cuerda, coquetos juegos vocales y los susurros que pueden prologar un encuentro furtivo o la despedida más amarga.
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Concentrarse. Desvanecer todas las cosas que te rodean. Abstraer lo principal. Mostrar u ocultar. Siempre sugerir. Cubierta por fetiches o al natural, he aquí el centro y origen de la vida. El ritmo es voluptuoso y candente en las calles que recorres. Apareces y desapareces, haciéndote una con el espacio. Un desvalido amante francés celebra tu llegada y el verdadero movimiento que paraliza el mundo, ese que vemos desde las terrazas donde nos refrescamos durante este verano.
Tenderse en una hamaca y no hacer absolutamente nada. Que viva no solo el tiempo de los enamoramientos sino también el de la siesta. Revisitar una y otra vez todos los malecones del mundo. Alejarse de una vez por todas de las ciudades y tomar la ruta del mar. Abolir los lunes de los calendarios y hacer de nuestras vidas el imperio de la procastinación. Un catálogo de canciones reivindica nuevamente la evasión, la búsqueda del paraíso perdido, mira de reojo a los atardeceres del pasado y estalla como una goma de mascar intensamente roja en los labios de ella. La narrativa de iniciación se solaza en cada uno de los temas del tercer disco de The Go Find y deja que la nostalgia por la adolescencia reine en toda la grabación.
La remembranza de Dieter Sermeus (artesano responsable de este proyecto) como la del pop europeo de este tiempo se apoya en la sutil comunión de guitarras acústicas y arreglos electrónicos. Melodías evanescentes, estribillos agridulces y un apego decidido por el formato de canción. Suites que nacen de los hallazgos de Air y la nueva ola francesa. Casi como observar a Antoine Doinel contemplando extasiado a las hermanas Lisbon retozando en su campo de juegos.
Una plegaria, un deseo susurrado casi desde el limbo de lo onírico: volver a los 90, a un tiempo mejor, de licor barato y de complicidades deliciosas. Una resaca con sabor a Coca Cola que no necesitaba aún de ibuprofenos y demás prescripciones médicas. El sueño adolescente estrellándose contra las nubes a la velocidad de la luz, desencadenando explosiones celeste y rosa. Jornadas interminables que concluían con un silbido alegre perdiéndose entre las calles que empezaban a despertar.
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Solo por hoy me imagino que soy tú, Yelle. Para ti las cosas son más fáciles, sabes. Haces pop. Yo hago la revolución. Quizá ese sea mi problema. ¿Me tomo las cosas demasiado en serio? No lo sé. Quisiera que todo fuera divertido, que grabar un álbum volviera a ser una fiesta desfachatada y excitante. Sí, sería un sueño volver a grabar mi primer disco una y otra vez, como si fuera un carnaval interminable. Ahora quiero demostrar que hago música respetable, sabes. O sea, yo ya estoy en las semanas de la moda. Soy la banda sonora en todos los happenings de mis amigos artistas. Pero supongo que hay algo más en la vida, ¿no? Y ya me cansé de esos cartelitos, como si yo fuera la aldea global desfilando ante los ojos de toda esa gente pendiente del último hype. Mi propuesta es ecléctica, eso dicen. Claro. Yo soy la radio del mundo transmitiendo ininterrumpidamente. Por eso me dieron ganas de meterle bala a los del New York Times. Oigo ruidos en mi cabeza, y creo que no llegan a articular una melodía. Eso me apena. ¿Deberé apegarme a los jueguitos de computadora, a tentar las estrellas buscando una respuesta? Soy capaz de llamar a mis seguidores a la anarquía desde Twitter, pero no puedo ordenar las ideas para mi tercer álbum. Tú sí que la pasas bien. Intercambias canciones con Robyn, colaboras con proyectos electrónicos italianos. Metamorfoseas y suenas como si fueras yo. ¿Qué tal si nos juntamos pronto? Tal vez grabemos algo o simplemente vaguemos por las calles alterando el tráfico con nuestras mallas. Porque finalmente, a quién engaño, siempre he sabido que no hay mejor revolución que una canción pop.
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Yelle, imagínate que eres M.I.A. viajando en una nave espacial, acompañada de dos robots, hacia una fiesta en otro planeta. Cada vez que aprietas el propulsor de velocidad luz (porque se te hace tarde), suena un coro sideral similar al de “Silver Trembling Hands” de The Flaming Lips. De cuando en cuando se aparecen los Invasores del Espacio en tu camino, y no te queda más remedio que derribarlos. Lo que no sabes es que basta un guiño tuyo para que te abran paso, enamorados.
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Exotismo y pachanga que exalta lo tropical, pero no desde lo tradicional. Los ritmos y cadencias provienen del sampler y el desencanto de las letras son cosecha de la rutina diaria. Pop que abraza la idea de globalidad y que se refresca en los hallazgos de Wilson, Byrne y Gabriel. La atención de The Ruby Sunsse posa en el Pacífico y cubre la idílica ruta que une California y Nueva Zelanda.
Sintetizadores y reverberaciones que no vienen del mar, pero que lo reflejan en su vibrante intensidad. Melodías que hermanan el proyecto de Ryan McPhun con otros celosos amantes del océano como Panda Bear o The High Llamas, aunque estas no siempre fluyan libremente y tengan que soportar el corsé de la parafernalia electrónica. Este provocador cóctel sonoro alcanza su mejor punto cuando cesa de intentar alcanzar el sol y las frecuencias estelares para tumbarse plácidamente en la arena, desnudándose de artilugios innecesarios y dejando que coquetamente la canción oscile de un lado a otro, cual pareo a punto de revelar una preciosa piel morena.
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